Laura Jurado 2021

Ramiro caminó de prisa por el estacionamiento. Su compañero de aventuras, un BMW plateado que le habían dado sus padres como regalo de graduación – lo esperaba ansioso para llevarlo a la cita más importante de su vida.

Su mente repasó lo que acababa de suceder, y soltó una carcajada al caerle el veinte de que todos esos años de sometimiento por fin quedaban atrás.

  • ¿Qué chingados me estás diciendo Ramiro? – ¿Cómo que quieres terminar la relación?

Las palabras de Ana Cecilia se escuchaban ahora tan lejanas… la verdad nunca pensó que tendría los tamaños para poner fin a un proyecto que solo a ella le emocionaba.

Y es que aquello que comenzó como un bello noviazgo se complicó demasiado al aceptar trabajar para ella. Ana Cecilia dejó de ser aquella persona divertida de quien se había enamorado perdidamente en la universidad. Hasta su cuerpo había cambiado, quien fuera la chica más bella del estudiantado ya no caminaba erguida, ya no sonreía…

Pero bueno, eso gracias a Dios ahora quedaba atrás… Ramiro suspiró aliviado al darse cuenta de que ahora era él quien decidiría su futuro. Un futuro sin Ana Cecilia.

Estacionó su carro junto al de Rocío, y por bajarse corriendo, por poco pisa al gato de Cristina, la hija de la portera. Saludó a don José, que como todas las noches ofrecía sueños disfrazados de cachitos de lotería. Sintiéndose el hombre más afortunado del mundo por haber vencido a sus demonios, le compró no uno, ni dos, sino todos los que quedaban, y con una gran sonrisa, se los regaló a Cristina. Esta no supo qué decir, y antes de que su mamá la obligara a devolvérselos, ya Ramiro había entrado al edificio y subía la escalera de dos en dos.

Cuando estuvo frente a la puerta de Rocío, comenzó a repasar lo que tantas veces había imaginado que le diría.

Su corazón latía a mil por hora. No sabía por dónde empezar… el recuerdo de aquella noche en casa de sus papás le quemaba la sangre… Aún podía verla… cerró los ojos y se transportó a ese mágico momento. Su amiga de toda la vida lo había invitado para enseñarle su nuevo telescopio, o por lo menos eso le había dicho, pero la actitud de Rocío dejaba ver que había algo más.

Tomándolo de la mano, lo condujo por la escalera de servicio hasta la azotea. Le había vendado los ojos. Ramiro, emocionado y confundido, se dejaba llevar. ¿Estoy alucinando o la chaparrita me anda tirando los perros? Nooo, no creo. Además ya sabe que yo ando con Ana Cecilia… bueno, pero… ¿y si sí? Ay güey! La idea de echarse una canita al aire con Rocío no le disgustó en lo absoluto.

Tenían años de conocerse y de contarse todo.

Y llegaron a la azotea. Rocío le pidió que se agachara para quitarle la venda de los ojos. Así lo hizo y Ramiro pudo percibir su perfume. No mames… pinche chaparra, hueles a pecado, güey!!! Ese pensamiento fue cobrando fuerza cuando vio lo que le esperaba: una mesa adornada como de revista, dos sillas, queso, pan y vino.

Quiso preguntarle qué rollo con eso, pero la veía tan emocionada que no dijo nada.

  • De seguro que has de estar pensando que estoy loca, ¿verdad? Pero no digas nada y solo déjate llevar, pues necesité muchos huevos para hacer esto.

Y diciendo lo anterior, se pegó a su cuerpo y comenzó a moverse al compás de una romántica canción de Michael Bublé.

¡NO MA-MES! Ahora sí se destrampó la chapis… Ah cabrón, qué rico se siente abrazar a esta güey. Y qué bien huele… mmmh!

Y valiéndole madre Ana Cecilia, buscó sus labios. Rocío respondió a ese beso con todo su ser… ¡Nunca la habían besado así!

No hablaron ni una palabra, pero la comunión que se había dado entre ellos los alimentaba.

Esa noche se despidieron soñando con repetir ese mágico momento.

Al día siguiente, Ramiro estaba entre emocionado por lo que había pasado con la Chaparra y arrepentido por haber traicionado a su prometida.

Sin embargo, antes de que tomara alguna decisión, se enteró de que la muy cobarde se había ido sin decir nada a nadie, y por más que él insistió, ella nunca contestó a sus mensajes.

Pasó casi un año.

Un buen día, Ramiro se enteró de que ya había regresado. ¡No lo podía creer! Esta vez  no la iba a dejar escapar, pero antes debía finiquitar aquella relación que lo ahogaba.

En eso, la voz de Rocío lo sacó de sus recuerdos: ¡Voy!