Laura Jurado 2021

¿Por qué chingados tengo que obedecer? ¿Quién me tiene haciendo esto? Ese pensamiento se repetía una y otra vez en la cabeza de Martina mientras le hacía un jale a su novio, entre cansada y asqueada.

Se habían conocido en la quinceañera de su mejor amiga, y no, no fue flechazo. De hecho se le hizo súper naco que llegara a los ensayos mostrando sus pinches musculillos todos tatuados, como si estuviera bien bueno. Y no era la única que pensaba así, el pobre lepe era la comidilla de todos. Aparte, era bien ruidoso, comía… bueno, no, no comía, tragaba con la boca abierta y repartía suculentos pedazos de comida sin digerir a todo el que tuviera enfrente… ew!

Pero la convivencia semanal (y el hecho de que ella no era muy agraciada que digamos) hizo que Martina comenzara a verlo con otros ojos.

  • La verdad no está tan piors -decía a sus amigas más para convencerse que para convencerlas a ellas.
  • Pus llégale mi reina, al fin que en el trampe no le vas a ver la cara -era la respuesta de las lepas calenturientas.

Y así lo hizo. Bajó la guardia y aceptó que la pretendiera. Al principio todo era padre, Lucio -que así se llamaba- hacía todo para complacerla, la llevaba al cine, le compraba comida, se interesaba por sus cosas, pero sobre todo, la besaba despacito, despacito, haciéndole sentir que no tenía prisa por llevarse el tesorito.

Pinche lepe labioso… eso era lo único que Martina necesitaba, sentirse un poco segura para aflojar. Esa virginidad que había guardado -según ella por tantos años -15- estaba a punto de pasar a la historia.

Hizo planes con sus amigas para que todo sucediera el día de su graduación de secundaria. Pidió permiso a sus papás para quedarse en casa de la Nayeli pero obviamente se fue al cincoletras con el tal Lucio.

El puberto andaba muy emocionado porque sabía que su novia era virgencita y regaba las flores, justo como a él le gustaban.

Y llegaron al hotel. Al principio Lucio empezó despacito, pero luego le ganó la lujuria y no le importaron los gritos de dolor de la pobre Martina. Lo hicieron no una, ni dos ni tres, sino siete veces esa noche! Y el muy pendejo ni siquiera fue para despedirse o llevarla a su casa al día siguiente. Cuando Martina despertó, estaba sola en un hotelucho cucarachiento.

Le dolía todo. Recogiendo entre lágrimas su ropa, se fue caminando a casa de Nayeli. Cuando esta abrió la puerta, se asustó al ver el estado en el que iba. Parecía que habían pasado 15 años desde la noche anterior. Martina se veía demacrada, y en sus brazos, piernas y panza había huellas de violencia.

-Pero qué te pasó manta? ¿Qué no estabas con el naco?

Mientras asentía con la cabeza, Martina trataba de explicarle lo sucedido, pero las palabras se confundían en medio de tantos sollozos. Los ojos de Nayeli se hacían cada vez más grandes conforme su amiga le iba contando cómo sucedieron las cosas.

– ¡No mames güey, tienes que denunciarlo!

– Ay no, me da miedo, ¿y si me golpea otra vez? Además, ahora que la pienso bien, yo tuve la culpa.

– ¿Khaaaaaaa?

– Sí güey, es que yo me freseé bien gacho… y pues le había dicho que ya iba a aflojar…

Nayeli no podía dar crédito a lo que estaba escuchando.

  • ¿Es neta güey? NO MA-MES, sí estás pero bien pendeja!
  • Ay ya, mejor deja te termino de contar cómo estuvo el rollo.

Y con la inocencia en su carita, a pesar de la chinga que le habían metido, Martina recordó los momentos rescatables de la noche anterior.

Y a las dos lepas pendejas se les olvidó pronto la gravedad del asunto y celebraron la primera cogida de Martina.

Una semana después, el tal Lucio volvió a buscarla, le inventó que había tenido que salir de la ciudad y quién sabe qué más piñas. Y la lepa cayó. Nuevamente fueron al hotelucho y la misma historia de abuso psicológico y violencia se repitió semana tras semana durante siete largos meses.

Al principio Martina trataba de justificarlo. “Es que la neta sí me veía bien piru con ese vestido”, “Yo me lo busqué…”, “Si Lucio es bien buena gente pero yo lo hago enojar”… y así por el estilo.

Un día oyó a su mamá platicando con la vecina. La señora le contaba que en la escuela de su hija la Jeni les habían ido a dar una plática sobre violencia en el noviazgo y que les habían dicho que al primer síntoma cortaran de raíz.

  • ¡Uta! -pensó, si hubiera sabido eso hace siete meses…

La señora le dio a su mamá unos folletos, pensando que a Martina le pudieran servir.

Incapaz de reconocer que estaba metida en una película de miedo, Martina hizo como que no le interesaba el tema, pero en cuanto la mamá se fue a dormir, fue por los folletos.

Con cada palabra que leía se le encogía más el corazón. Se daba cuenta de que nada de lo que él le decía era cierto.

Pero… la hormona es la hormona, y a los dos días que llegó el naco a buscarla, salió encantada de la vida.

Se fueron al taller donde trabajaba Lucio, y por supuesto que en el camino se la cagoteó por x y por y, igual que cuando llegaron, pues según él, había saludado muy efusiva a los otros mecánicos. O sea, ¿neta? ¿Al ojos de sapo y al viejito desnalgado? ¿Qué le pasa a este? Cada día está peor -pensó.

Entraron al cuarto de herramientas. Lucio se quitó el pantalón, con una mano agarró una cerveza, y colocando la otra en la cabeza de su novia, la empujó hasta que esta quedó agachada frente a él.

  • A ver si ahora sí te sale bien, güey, lúcete -le dijo.

Marina nunca se había dado cuenta de lo mal que olía el hombre, especialmente del aquellín. Trató de concentrarse aguantándose el asco… un sentimiento de rabia se iba apoderando de ella.

Bueno y… ¿por qué chingados tengo que obedecer? ¿Quién me tiene haciendo esto?

De reojo vio unas enormes tijeras. Su primer pensamiento fue hacerle a la Lorena Bobitt pero recordó las palabras del folleto: la violencia no se arregla con más violencia.

Y diciendo mentalmente las afirmaciones de Louise Hay y Marisa Peer para aumentar la autoestima que su mamá escuchaba todos los días, se puso de pie y con gran calma se dirigió hacia la puerta.

Encabronado porque le pinche lepa le había cortado la inspiración, se paró hecho un energúmeno y quiso jalarla de los cabellos, pero ella lo esquivó. Lo miró a los ojos y le dijo:

  • Se acabó. Y no me busques más porque te acuso de violencia, y no solo eso, le digo a tu patrón que le estás robando…

Su tono de voz fue tan contundente y su reacción tan inesperada, que Lucio se quedó como congelado, viéndola alejarse para siempre.