Laura Jurado 2021

Despierto, como siempre, un minuto antes de que suene mi alarma. Cobro conciencia de que estoy viva y doy gracias por ello. Me incorporo, y lo primero que veo a través de la ventana es a Nicole. Parece salida de un anuncio de Adidas, lista para su trote matutino. Me levanta el asqueroso olor a café… sí, ya sé que para todos ese es el olor más delicioso del mundo, pero a mí en ayunas me revuelve el estómago. Hace un frío de la tiznada, estamos a 14 grados bajo cero, por fortuna la cabaña que rentamos es súper calientita. Valiéndome madre que me vean en pijama y sin pintar, alcanzo a Homero y a Kato en el desayunador. Los dos se dejan consentir por Cuquita, una dulce viejecita con arrugas en las arrugas pero con más energía que todos nosotros juntos. Los tres responden a mi saludo y Cuquita me sirve un delicioso atolito de guayaba, cien por ciento natural.

Ellos con su café y yo con mi taza de atole, hacemos hambre para desayunar con el resto del grupo. Diez minutos más tarde, baja Jessica, recién bañada, con sus ojos perfectamente delineados. Nicole también hace su aparición, se ve renovada después de haber salido a correr.

Reunidos ya los cinco, les pregunto lo que me ha estado consumiendo por horas:

  • Oigan, ¿alguno de ustedes escuchó o sintió algo anoche?

El rostro de Cuquita se pone blanco y se lleva una mano a la boca.

  • ¿Cómo de qué o qué? -pregunta Kato como sin mucho interés, pero su boca torcida indica que sabe de qué hablo. Homero está igual… me parece que algo esconden.
  • Ahora que lo mencionas, yo sí -dice Nicole-. Al principio me quiso dar miedito, pero pensé que podían ser los ruidos normales de una casa vieja.
  • Nombre, yo no oí nada, caí como tronco -responde Jessica. Los últimos tres shots de tequila acabaron conmigo, jajaja!

Me río del chistorete de Jessica y prosigo.

Bueno, les cuento. Anoche, ya cerca de las cuatro de la mañana, después de mi ritual de belleza, lavarme los dientes y ponerme mi pijamita, me acosté. Como todas las noches, di un suspiro de agradecimiento al sentir cómo la cama recibía cada parte de mi cuerpo. Cerré los ojos, y justo cuando empezaba a dar gracias a Dios por todo lo vivido ese día, sentí que alguien se subía a la cama.

  • ¡No mames! Abrí los ojos, la luz de la luna alumbraba mi cama, por lo que pude ver claramente la silueta… de nadie!!!  Sintiendo una extraña emoción, pregunté a la nada: ¿Quién eres y qué quieres?

Al instante, la sensación de que había alguien más en mi cama, desapareció.

Volví a cerrar los ojos, y esta sensación regresó… ¡Qué emoción! Uno de mis anhelos de los últimos tiempos había sido convertirme en médium, y esta era la primera vez que experimentaba algo así.  Sin embargo, sabiendo que hay entidades que podrían aprovecharse de eso, le dije en voz alta y con los ojos bien abiertos:

  • Si eres un ser de luz enviado por Dios, bienvenido. Si eres un alma que anda perdida, vete hacia la luz, aquí no es. Si necesitas que yo te ayude en algo, dímelo y lo haré con mucho gusto. Pero si eres alguien malo y de baja vibración, te me vas mucho a la chingada… pero ya!!!!

Y diciendo esto, cerré nuevamente mis ojitos dispuesta a dormir. Y el fantasma se volvió a subir.

  • Ta güeno pues… deduzco entonces que eres buena onda, te puedes quedar aquí pero sin tocarme ni asustarme, OK?

Y al instante me dormí.

  • ¡Ay, señorita! –  dijo Cuquita dirigiéndose a mí mientras las lágrimas le salían a borbotones. ¿Les puedo contar? -preguntó a Homero y a Kato, y ellos asintieron con un ligero movimiento de cabeza, como diciendo ‘pues ya qué’…
  • Ay, niña… es que eso que usted sintió creemos que es mi hija Lupita. Ahí dormía ella cuando los patrones no usaban la casa.
  • ¿Y qué le pasó? -pregunté intrigada.
  • Pos´ un día se le ocurrió subirse a una cosa desas con cuatro llantas con un amigo del niño Kato. Ese muchachito no me gustaba para nada porque coqueteaba con mi Lupita, pero lo hacía enfrente de su novia. Su papá de ella y yo le decíamos que no juera tonta, que ese plebe nada más la quería para pasar el rato, pero pos el desgraciado ese la tenía toda encandilada, le regalaba ositos de peluchi, chocolates, flores que se robaba de los arreglos del comedor y cuanta cosa… y pos claro, mi niña se enamoró como pendeja.

Un día llegó el viejo ese, todo borracho y a juerza quería llevar a pasear a mi Lupita. Ella le dijo que no porque ya iba a escurecer pero el muy cabrón la subió a la cosa esa y le dio a madre! Mi viejo y yo salimos tras dellos en la troquita… podíamos oyir los gritos de mi niña pero por más que le pisaba mi viejo, no los alcanzábanos. Los vimos cómo agarraban para la montaña, y cuando apenitas iban a subir, ¡que se les echa encima un camión que venía del aserradero! Mi Rufino y yo vimos el momento en que mi muchachita salió volando y su cabecita se estrelló contra unas piedras. Dicen que murió istantániamente.

Emocionada, doña Cuquita ya no pudo continuar.

Todos quedamos con un nudo en la garganta y casi ni pudimos probar bocado. Yo me propuse averiguar si en efecto se trataba de Lupita y qué se le ofrecía.

Me retiré a mi habitación relativamente temprano. Antes de acostarme me di un baño con sales de Epson, hice una meditación con cristales y alineé mis chakras con el péndulo.

Me acosté en la cama, cerré los ojos… y ahí estaba ella… no solo la sentí, sino que con los ojos cerrados la pude ver. De cabello muy negro y sedoso, con unos pantalones de mezclilla, blusa verde clarito y botas vaqueras. Realmente era muy bonita, en ese momento comprendí por qué se había clavado tanto el lepe ese.

En su mirada había un dejo de tristeza, a pesar de que estaba sonriéndome.

No dijo ni una palabra, pero pude leer lo que su alma anhelaba… Con mucho amor y escogiendo las palabras, le dije que ella había fallecido cinco años atrás, que ese cuerpo físico que su espíritu había escogido para manifestarse aquí en la Tierra ya no existía, pues ella había cumplido con su misión.

Telepáticamente, Lupita me hizo saber que no sabía dónde estaba, se sentía atrapada y desorientada. Envolviéndola en una luz violeta, la tranquilicé y le dije que confiara en mí.

Entonces pedí a Dios que me permitiera ayudarla.

Un extraño sopor comenzó a invadirme. Mi cuerpo se durmió, pero mi alma brincó hacia esa dimensión donde Lupita se encontraba. Y ahí la vi… triste, muy triste, rodeada de seres oscuros igual de confundidos.

Confieso que aquella visión me impresionó al principio, pero cuando vi que mi cuerpo había desaparecido, que yo era una gran luz y que de mis manos (o donde debían de ir estas) salían unos haces de luz que me conectaban al Creador, me invadió un hermoso sentimiento de paz.

Me acerqué a ella y le dije que había venido para llevarla a donde pertenecía. Le pregunté si quería venir conmigo… de inmediato dijo que sí. Mi luz la envolvió como en un capullo y su rostro se transformó. Hice lo mismo con los seres que ahí estaban, unos me suplicaron que los llevara conmigo, mientras otros se retorcían haciendo los ruidos más extraños.

Horas más tarde, me despertó un bello sueño. Era Lupita, quien me daba las gracias por haberla sacado de ese horrible lugar y me decía que ahora podía continuar con su crecimiento espiritual.  Me contaba que en su nuevo mundo les permiten venir a visitar a sus seres queridos, unos cuantos minutos antes de que estos despierten. Por supuesto que su primera visita fue para ellos, luego se pasó conmigo para que le dijera a sus papás lo mucho que los quería y que prometía que vendría de nuevo a visitarlos.

Abrí los ojos y no pude más que llorar de emoción.