Laura Jurado 2021

El día había sido endemoniadamente largo. El Dr. Luque la había escogido para ser su asistente en la operación que lo llevaría a la cima: el primer implante de barras en columna.

-¿Por qué ella? -cuchicheaban envidiosas las otras residentes.

-De seguro que se anda tirando al doctor

-Ay cómo crees? Si podría ser su padre.

Los comentarios parecían no terminar pero eso a Isabel no le importaba… ¡estaba a punto de pasar a la historia, junto con su ángel guardián, el jefe de Ortopedia del Hospital Díaz Lombardo.

La cita era el sábado 9 a las 7 de la mañana. Isa llegó desde las 4 y encontró a su paciente aún dormida. La mamá, por el contrario, no había podido pegar ojo y dejando por un momento su Rosario, saludó angustiada a la joven doctora.

-Buenos días señora Mona, ¿qué hace despierta a estas horas?

-Ay mijita, ¿cómo crees que voy a dormir cuando están a punto de abrir a mi hija como pescado? – contestó la pobre mujer.

-No se preocupe, su muñeca está en las mejores manos.

-Dios te oiga mijita, Dios te oiga.

El sol comenzó a asomarse por los grandes ventanales del ala oeste del hospital y poco a poco fueron entrando en escena los personajes principales del evento del día: el renombrado doctor Luque, quien a sus cuarenta y seis años revolucionaba ya la ortopedia mundial, Rubén el anestesiólogo gordito y bonachón, el residente de quien nunca pudo aprenderse su nombre (tal vez porque era mamón como él solo), Lupita la dulce jefa de enfermeras, Ramón, el simpático camarógrafo encargado de dejar plasmado ese histórico evento, y por supuesto Laurita, la tímida niña que ese día se convertiría en conejillo de Indias con la esperanza de frenar su incipiente escoliosis.  Las enfermeras, las afanadoras y los doctores le llamaban “la estrella”, y eso a ella le encantaba.

Isabel cuidaba todos los detalles. Regañó a una de las enfermeras porque la muy infame rasuraba la espalda de la niña en una de las habitaciones más frías del hospital.

  • ¿Pero qué te pasa Cecilia? ¿Qué no sabes que debemos cuidar que no se nos resfríe la estrella?  ¡Corre al almacén por un calentoncito! Y diciendo eso, cerró la bata de la niña y tapó a esta con una sábana.
  • No te preocupes mi reina, ahorita entras en calor- le dijo. Laurita asintió y le dio las gracias.

Horas después, a las 6:50 de la mañana, estaba todo listo para la operación. Justo antes de entrar al quirófano, Laurita vio unos ganchos colgando (como los que tienen en las carnicerías) y preguntó si eso era lo que le iban a poner. Las enfermeras que la transportaban soltaron la carcajada, contestando que no.

Y las puertas se cerraron.

La señora Mona se quedó ahí parada, como zombie, hasta que una trabajadora social la vio y la llevó a la cafetería. Por fortuna, ahí estaba ya su hermana la Güera, y juntas pasaron las horas más angustiosas de la vida de Mona.

Por fin, nueve horas más tarde, la operación concluyó. Había sido todo un éxito e Isabel se sentía muy satisfecha, se había portado a la altura. El doctor Luque la había felicitado delante de todos y le dijo que la quería presentar en la rueda de prensa que daría a las 6 de la tarde.

Faltaban todavía dos horas… tiempo suficiente para darse un buen baño de agua caliente y desestresarse. Su departamento quedaba a dos cuadras del hospital, así que se fue caminando. Esa pequeña caminata era todo un regalo para los sentidos: el olor a lluvia, la exuberancia de las jacarandas, la alharaca de los pájaros en los árboles del camellón… todo eso la hacía sentir viva, y el recuerdo de las últimas horas vividas le confirmaba su misión… ¡amaba lo que hacía!

Llegó a su casa, directo a la regadera. Agradeciendo al agua que la envolvía en un cálido abrazo, se dispuso a disfrutar por todos aquellos que no podían darse un baño de agua caliente. ¡Va por ustedes! -gritó a nadie en especial.

Media hora más tarde, con la piel absurdamente roja, Isa se envolvía en la toalla felpuda que Mario había olvidado en el club… ¡Ah Mario… cómo lo extrañaba! Pero esa relación no tenía futuro -se decía- ¿para qué quiero yo un loser en mi vida? Sí claro, había sido la relación más importante que había tenido en  varios años… bueno, no la más importante, la única pues, la verdad es que Isabel era bastante clavada en los estudios y si no hubiera sido por Rocío, su vecina, jamás hubiera conocido a Mario.

Una voz en el pasillo la sacó de sus pensamientos.

Abrió la puerta, envuelta aún en la toalla gris.

  • ¿Mario? ¿Qué haces aquí?
  • ¡Isa! Vine a entregarle un libro a Rocío, pero parece que no está.
  • Ah pues si gustas dámelo y yo se lo entrego.
  • Eh… sí, está bien, gracias. Oye, ¿puedo usar tu baño?
  • Claro, pasa.

Por supuesto que lo del baño era solo un pretexto para estar a solas con ella. Los dos lo sabían.

  • Veo que sigues usando mi toalla y eso no me gusta.
  • Ah no, ¿y qué vas a hacer? -preguntó Isa provocativa.
  • Pues me la pienso llevar…

Cerraron la puerta, y aunque Isabel se había prometido no volver a caer, no pudo resistirse. Y es que Mario tenía no sé qué en sus dedos… el más leve roce le erizaba la piel.

A pesar de que habían pasado ya seis meses desde la última vez que habían hecho el amor, sus cuerpos se recordaban sin problema y se amoldaban a la perfección… parecía que habían sido hechos a la medida. Isa sonrió al recordar que sus tías le contaban que en las fotonovelas ponían escenas de volcanes en erupción para dar a entender lo que ella estaba a punto de vivir nuevamente. Y se dejó llevar.

Después de una increíble sesión de lamidas, mordiscos, besos, susurros, contoneos, explosiones, risas, revolcadas y demás, Isabel perdió la noción del tiempo. Solo supo que llevaba ya varios orgasmos y que no quería que Mario se fuera.

De pronto, las luces de su arbolito de Navidad se encendieron…

No mames!!!!! La conferencia de Prensa ya debe de haber terminado… y yo aquí cogiendo!!!!!

Mario ni la peló, como siempre, se había quedado dormido.

Isa se vistió lo más rápido que pudo y salió corriendo hacia el hospital. La conferencia había terminado una hora antes. El doctor Luque estaba muy molesto con ella porque había desperdiciado esa gran oportunidad… misma que el residente mamón aprovechó para brillar. El doctor Luque, a falta de su ayudante estrella, le había dado a él la oportunidad de explicar los pormenores de la cirugía.

Sí, por su falta de profesionalismo, Isabel, la joven promesa de la Ortopedia mexicana, caía del pedestal en el que la habían puesto los directivos del hospital, y a partir de ese momento, dejaba de ser la Jefa de Residentes.

Sintiendo una patada en el estómago, Isabel corrió hacia el estacionamiento, y mentándole la madre a Mario, al residente, al propio doctor Luque, y hasta a ella misma, se subió a su Jeep y no paró hasta llegar a casa de sus papás.