Laura Jurado 2021

Tengo una niña herida.

No sé qué le pasó, no sé quién la lastimó. Tan solo sé que tiene una herida que necesita atención.

Los opinólogos dicen (desde su trono de sabiduría inventado por ellos) que hay que dejarla así, que son chiplerías, pero no, yo veo el dolor que esa herida provoca en mi niña y siento la necesidad apremiante de ayudarla a sanar.

No es una herida que se vea, no es una cortada supurante o un hueso quebrado… vamos, ni siquiera a moretón llega.

No, su herida es interna y eso hace más difícil el proceso de sanación, pues cuando ella abre su corazón entregándose a aquello que le fue otorgado desde antes de nacer y alguien descalifica lo expresado por ella, mi niña sufre.

Sí, ya sé que debes sembrar tu propio jardín en vez de esperar a que alguien te lleve flores, no por nada se convirtió en uno de mis poemas favoritos cuando me aquejaba el mal de amores, pero mi niña no sabe cómo hacerlo… y yo tampoco sé cómo ayudarla.

Tengo una niña herida.

Por fortuna no todo el mundo descalifica sus dones. Ella está rodeada de personas que reconocen, aplauden, y hasta agradecen su talento. Pero eso no sana su herida… la cura no va por ahí. Lo único que esos cariñitos hacen es ayudarla a olvidarse momentáneamente de su herida.

Hoy intentaré algo diferente para sanarla. La traeré a este espacio sagrado en donde ella y yo nos expresamos; la sentaré en mi escritorio poniéndole una cobijita para que no le cale lo frío del vidrio. La abrazaré con fuerza, le besaré las mejillas despejándole el pelo de la frente, y le diré lo orgullosa que estoy de sus escritos… lo feliz que me hace al verla expresarse con tal maestría. Le contaré que cuando leo lo que ella escribe, mi corazón se llena, invadiéndome un sentimiento de plenitud y de satisfacción. Le confesaré que cuando yo era adolescente soñaba con ser escritora. Le contaré de aquello que escribí la noche anterior a mi viaje a Albuquerque con la Banda de Guerra. Y le pediré perdón a esa adolescente por haberme burlado de lo que ella se atrevió a plasmar en un cuaderno. ¿Quién era yo para truncar sus sueños de escritora? Nadie.

Wow… nunca lo había visto así. Invito entonces a mi adolescente herida, la veo entrar por la puerta, tímida pero feliz porque por fin reconocí el daño que le hice.

Se sienta en una silla junto a mí. Y aquí y ahora mi niña, mi adolescente y yo nos fundimos en un abrazo, liberando años y años de sufrimiento. Mi adolescente me mira a los ojos y agradece mis disculpas. ¡Quiero decirle tantas cosas! La abrazo con más fuerza y le muestro lo grande que es su don… le leo todos los comentarios que la felicitan por sus escritos y le piden que nunca deje de escribir… pero sobre todo, abro mi corazón y le muestro cómo se ilumina al leer y releer lo escrito por ella. Y reconozco su grandeza.

Mi niña observa la escena, fascinada. Abrazada a nosotras dos, susurra a mi oído: ‘Yo nunca estuve herida, no tengo nada que hacer aquí. Regreso al lugar que me pertenece’.

Y como en las películas de Hollywood, mi niña se hace chiquita, chiquita y vuela hacia mi corazón donde se instala y se pone a jugar con los perros y gatos que ahí también viven.

Mi adolescente y yo nos quedamos solas, tomadas de las manos. Su mirada cambia… su postura también. De pronto ya no es una muchachita tímida sino una joven mujer que reconoce y atesora el gran don que le ha sido otorgado.

La invito… no… le pido que por favor siga escribiendo, que se exprese a través de estos dedos cincuentones que tanto disfrutan hacerlo.

Mi muchachita asiente con la cabeza, agradecida y entusiasmada hasta la médula. Me besa las mejillas y la frente, me da un último abrazo, y se hace chiquita como mi niña y vuela a mi corazón. Ahí la espera ya un lugar especial que le he preparado, un escritorio hermoso con una compu deseosa de ser tocada por esos talentosos dedos. Ella llega, prende un incienso, acaricia a las mascotas, le guiña un ojo a nuestra niña y se sienta como una reina en su trono, dispuesta a volcar su corazón en cada palabra.