Hace unas semanas vimos algo muy interesante en el taller que estoy tomando sobre el dolor y el sufrimiento. Una señora se quejaba de que su ex marido le había robado sus mejores años, a lo que Haydée (la instructora) respondió:

  •  ¡Momento! ¿Cómo que te robó tus mejores años? ¿Qué no los viviste…? ¿Y quién te dijo que esos eran tus mejores años? Entonces eras una lepa inexperta… ¡los que tienes por delante son tus mejores años!
  • No, pues sí – asintió la señora medio convenciéndose. 

Entonces Haydée dijo algo todavía más sabio: 

EL DOLOR ES INEVITABLE, PERO EL SUFRIMIENTO ES OPCIONAL

En otras palabras, EL DOLOR ES EL HECHO (una ruptura, un accidente, la muerte de un ser querido, etc.), mientras que el SUFRIMIENTO ES EL CUENTO QUE NOS CONTAMOS SOBRE ESE HECHO (‘¡Es un desgraciado!’, ‘Todos los hombres son iguales’, ‘¡Qué jijo mi marido que decidió morirse, dejándome la broncota de los hijos y muchas deudas!’, etc.). 

Y es que la sociedad no ha ayudado mucho. Recuerdo una canción que se escuchaba cuando yo era niña:

♫ Sufriiiiiir me tocó a mí en esta vida

lloraaaar es mi destino hasta el morir

¿Qué importa que la gente me critique?

Si así lo quiere Dios

Si así lo quiere Dios

Hoy tengo que sufrir ♫

Una señora que trabajaba en nuestra casa la cantaba a todo pulmón y se veía que realmente sufría… ¡Pues claro, si todo el día se decía a sí misma que tenía que sufrir! El universo es tan maravillosamente perfecto que nos da aquello que esté en la frecuencia con la que vibramos. 

¿Y qué decir de la religión? 

“Aquí clamamos los desterrados hijos de Eva, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. 

¡Hasta mi papá, que creía en Dios pero no profesaba ninguna religión, decía que vivíamos en un valle de lágrimas! Cuando yo lo escuchaba decir eso, de inmediato respingaba y le decía que ni madres, que eso era muy naco y que me rehusaba a vivir de esa manera. 

Para la mente es lo mismo pensar bien que pensar mal, así que ¿para qué desgastarnos pensando que todo está de la fregada?

Pero bueno, si ya estás instalada/o en el sufrimiento, hay un ejercicio muy práctico para salir de ahí:

Con los ojos cerrados, visualiza a la persona por la que sufres. Ahora estira las manos y pídele que te regrese lo que le diste (tu futuro como esposa, tu futuro como mamá, viajar en pareja, tu dignidad, tu reputación, etc.) y ve poniendo todo eso en una cajita (mentalmente o escribiéndolo en papelitos).

Puedo decir que algo se mueve al hacer este ejercicio, ya que yo, antes de ponérselo a mi hija, y por sugerencia de Haydée, lo hice también. Y no es que sintiera que alguien de mi pasado se había quedado con algo mío, lo que pasa es que cuando le estaba contando a Haydée que mi hija sufría por un lepe cabrelio que le había roto el corazón, se me salieron las lágrimas. En ese momento, ella se dio cuenta que lo que me hacía llorar no tenía nada que ver con mi hija… o bueno, quizás un poquito, pero aparentemente, yo traía arrastrando algún asuntillo inconcluso. 

Así que un día, después de echarme un round con mi hija, me dijo que seguía triste por el lepe ese. En cuanto la dejé en su clase de baile, me fui derechito a Tuesday Morning (una tienda que me gusta mucho) y compré una caja y un cuaderno. 

Después de recorrer todos los pasillos, pagué y me dirigí a mi camioneta. Saqué un cuaderno y me puse a escribir nombres:

Fulanito de tal… nada. 

Sutanito… nada. 

Perenganito… nada… 

Hasta que llegué a dos que tres (jajajajaja) y ahí sí algo se movió, así que de uno por uno les pedí que me devolvieran lo que en ese momento me robaba mi paz. Cuando ya había terminado con la lista, me sacó de onda un carro con vidrios polarizados que se estacionó justo enseguida de mí. Como ya estaba obscuro y nadie se bajaba del carro, mejor puse pies en polvorosa y me fui a estacionar a la academia de baile. 

Como a la media hora salió mi hija y sin decirle nada, ya casi llegando a la casa, me estacioné afuera de una tienda. 

Y bueno, no se trata de ventanearla aquí, ¿verdad? Solo diré que aunque le tomó por sorpresa el ejercicio, tuvo la mejor disposición para realizarlo. Primero le expliqué que así como heredamos rasgos de la familia, también heredamos rollos emocionales que, al fin de cuentas, no tenemos por qué andar cargando. Que era probable que esa tristeza que ella sentía tuviera que ver con pedos míos, pero que –por sugerencia de Haydée- ya me había encargado de ello, y le mostré la lista (claro, por encimita, ¿eh? jajaja).

 Después de la explicación, le pregunté qué cosa le gustaría que el lepe cabrelio le devolviera. 

—Mi dignidad, contestó. 

—Ah pues escríbele que te la devuelva y echa el papel a la cajita, le dije. 

Luego le dije que le pidiera algo más. 

De igual manera lo escribió y lo depositó en la cajita. 

Para respetar su privacidad, le dije que siguiera ella solita sin decirme qué era lo que escribía. Como si le hubieran dado cuerda, mi monecas escribió, escribió y escribió –¡a madre!- como por seis minutos. 

Cuando terminó, le dije que ahora hiciera lo mismo con otros chavos o con cualquier persona que se hubiera quedado con algo de ella. 

Siguió por unos cuantos minutos, y cuando terminó le pregunté cómo se sentía. Me dijo que mucho más relajada, y como la ocasión lo ameritaba, hasta me aceptó un abrazo, jajaja. 

Han pasado ya varios días de ese ejercicio y definitivamente la veo mucho mejor. 

Y así como deseo que mi hija escape del sufrimiento, lo deseo también para todos ustedes. 

Recuerden:

Experimentar el dolor, sí. 

Instalarse en el sufrimiento… ¡jamás!