Últimamente he hablado mucho de la congruencia y a lo mejor ya hasta caigo gorda con eso, pero recuerden que yo escribo pensando en mis experiencias y lo comparto para que quien guste, tome aquello con lo que resuene y deseche el resto. ¿Y por qué insisto en el tema? Pues porque mi real ser o mi yo supremo me ha estado diciendo que ponga atención a ello.

El último recordatorio me sacó hoy de las cobijas cuando cerca de las cuatro de la mañana me desperté pensando en una serie buenísima que estoy viendo (Tiempos de Guerra o Morocco: Love in Times of War). En ella, los protagonistas están metidos en un lío, precisamente por no ser congruentes entre lo que piensan, dicen (o hacen) y sienten. 

Yo lo veo como que la energía divina que entra por nuestra cabeza no fluye libremente cuando la “tubería” (por así decirlo) de los chakras superiores es diferente. ¿Qué la hace diferente? Nuestros pensamientos, palabras o acciones, y sentimientos. Es como esos juegos para bebés en donde tienen que meter una figura en un recipiente. Si la forma de ambos coincide, se logra el objetivo. Si no, comienzan las frustraciones. 

El 2018 ha sido bautizado por mí como “el año de la congruencia”, ya que ese es mi único propósito en la actualidad. Eso no quiere decir que ya camino sobre el agua, nada más alejado de la realidad, pero sí que toda mi atención está puesta en mejorar en ese aspecto. Desde finales de diciembre empecé a hacer cambios, comenzando por salirme de tres chats de WhatsApp que si bien estaban compuestos por personas a las que sigo queriendo o apreciando, sus notificaciones (o la falta de estas a lo que yo publicaba -y no me refiero a chistes, sino a preguntas directas hechas a todo el grupo… de las que si estuviéramos físicamente en una reunión, sería muy grosero que nadie o casi nadie contestara) me hicieron tomar la decisión de alinear lo que pensaba (“qué feo cuando no me pelan en cosas que para mí son importantes”), lo que decía o hacía (me frustraba cuando algo así volvía a pasar pero no decía nada) y lo que sentía (me ponía muy triste pues me parecía que no era totalmente aceptada). Quien no conozca mi proceso con los grupos de WhatsApp, puede pensar que soy una inmadura, pero esa inmadurez ya la viví mucho antes de formar parte de estos tres grupos de que hablo y la superé (bueno, más que madurez o inmadurez, se trataba de una herida abierta). Antes era una ofensa para mí que no me dieran acuse de recibo cada vez que ponía un chiste o una publicación de esas de las que te hacen pensar (no las de ´bonito día´ o ´que Dios derrame bendiciones en tu vida´ que, si las llego a mandar, es a contadas personas y solo por joder, pues les chocan igual que a mí), no se diga cuando escribía algo que los buenos modales obligarían a las personas a contestar si estuviéramos frente a frente. Les confieso que, por mucho tiempo, mi Gunita interior sufrió lo indecible a causa de eso, pero por fortuna pudimos (ella y yo) entender que la gente era libre de contestar o no, así que opté por aceptarlos (parcialmente) como son. Digo parcialmente, porque en los grupos a los que sigo perteneciendo sí les digo: ‘¡Pélenme… les estoy preguntando algo!’.

¡EN ESTE MOMENTO ESTOY ENTENDIENDO POR QUÉ LOS ANGELES ME HAN ESTADO ENVIANDO LOS MISMOS MENSAJES DESDE HACE VARIAS SEMANAS!  Estos son ‘Haz Brillar tu Luz Intensamente’ y ‘Elije la Paz’… ¡claro! Cuando la LUZ de Dios no fluye por falta de congruencia, se debilita y no BRILLA CON LA MISMA INTENSIDAD y cuando permanezco en una situación que me molesta, estoy robándome mi PAZ… Wow!

¿Así o más claro?