¿Alguna vez te has sentido ‘el prietito en el arroz’? Ya sabes, esa sensación de incomodidad, de sentir que no perteneces a un grupo.

Esta pregunta me despertó ayer a las tres de la mañana y le dio un giro a la gunicharrita que había empezado un día antes:

Para quienes no lo saben, yo vivo en una colonia en donde la mayoría de las casas son viejitas. La nuestra, por ejemplo, es de 1978 y me encanta. Pues no sé a qué arquitecto se le ocurrió construir aquí una casa híper moderna que –como dicen en mi familia-  no casca ni máis con el vecindario, por lo que todos los días, cuando pasábamos frente a ella, mi hija y yo “la corríamos” y le decíamos que está bonita (para los que les gusta ese tipo de arquitectura), pero que desentona con las demás casas.

¿Y por qué lo menciono en tiempo pasado? Porque si bien la casa sigue sin gustarme y todavía me parece  una mentada de madre que la hayan construido aquí, me he dado cuenta de que esa casa (como tooooodo lo que sucede a mi alrededor) simplemente me está haciendo de espejo, mostrándome que así como soy intolerante ante su “prietez (si se me permite la palabra)”, lo soy ante otras cosas o situaciones. ¡Gulp!

Originalmente, cuando decidí el tema del que iba a hablar hoy, pensaba analizar más a profundidad esos momentos de intolerancia, pero después de haber sido despertada con esa pregunta, siento que la atención debe centrarse en todas aquellas personas (y me incluyo) que son o han sido alguna vez el prietito en el arroz.

Para lo cual, vuelvo a preguntarte:

¿Alguna vez te has sentido que no encajas, que no perteneces? Bien, pues aunque yo no tenga vela en el entierro (o quizás sí, para algunos), en lo que valga, quiero ofrecer una disculpa de todo corazón a nombre de quienes te hayan hecho sentir mal.

Y así como hoy que pasé frente a la casa ultramodernaquenocascanimáis le pedí perdón por decirle cosas feas y le di la bienvenida a la colonia, así les pido perdón a ustedes y les doy la bienvenida a (inserte aquí el grupo, diría mi sobrina Patita).

Te invito a que te visualices en la situación o grupo en los que te sientas así, toma una respiración profunda e imagina cómo todas las personas que ahí se encuentran te sonríen, te dan la bienvenida y te admiran por ser quien eres. Recuerda que, al final, todos somos exactamente lo mismo: unos hermosos seres de luz, similares a la flama de una vela, así que avanza hacia ellos y déjate abrazar.

Toma otra respiración y date cuenta de que has dejado de ser el prietito en el arroz para contribuir con tu sabor único al más exquisito platillo: la vida.

Disfrútalo.