El otro día en la clase de meditación, la mayestra Chío nos pidió que tomáramos una piedrita de varias que ella había pintado, yo escogí una muy linda con florecitas. Entonces nos puso a hacer un ejercicio de agradecimiento y nos dejó de tarea que la pusiéramos en el buró y que justo antes de dormir, la acariciáramos mientras repasábamos todo aquello por lo que podíamos dar gracias ese día. 

El ejercicio me gustó mucho, ya que me hizo darme cuenta de que, si bien agradezco muchísimas cosas (despertarme con energía, bañarme con agua caliente, ir al baño con regularidad, tener a mi familia, a mis mascotas, el olor y la vista del jardín, el canto de los pájaros, el cielo, mis múltiples actividades, etc.), hay otras que las paso por alto. 

Y es que tengo la fortuna de que en cuanto pongo la cabeza en la almohada, caigo redondita en los brazos de Morfeo. Todas las noches es lo mismo, me acuesto y comienzo diciendo en mi mente: Buenas noches Diosito, gracias por… zzzzzzzzzzzz

Pues esa noche ya iba en ‘gracias’ cuando me acordé de la piedrita. Rápido la tomé en mis manos, y como por arte de magia, comencé a repasar aquello que ese día merecía un agradecimiento. ¡Me sorprendí de ver cuántas cosas había dejado fuera!

Así lo he estado haciendo desde entonces, pero hoy fui un poquito más allá:

Cuando me estaba bañando, agradecí como siempre el agua calientita que caía sobre mi cabeza, y de manera consciente me dispuse a disfrutar el momento, en nombre de todos aquellos que no pueden hacerlo (porque viven en la calle, porque no tienen agua en su casa, porque no tienen para pagar el gas, o simplemente porque andan de campamento).  

Entonces pensé en lo rica que es la vida, no solo cuando agradecemos, sino cuando disfrutamos sin remordimiento. Por desgracia, hay muchas personas que no saborean muchas cosas, pongamos por ejemplo, la comida. ¿Por qué? Porque en el mundo hay hambruna. 

A esas personas yo les pregunto: 

  • Esa culpa que sienten, ¿beneficia a alguien? 
  • Al sentirse mal por tener tanto y otros tan poco, ¿los están ayudando?

Siento decirles que no. Los ayudarían si compartieran con otros su comida –en este caso-, si los impulsaran para que fueran autosuficientes, si los recomendaran  para que consiguieran un trabajo, etc. 

Sí, me imagino que se están preguntando: y bueno, al disfrutar algo en nombre de otros, ¿los ayudamos? No lo sé… quiero pensar que tal vez ellos reciban un regalito de buena vibra, pero lo que sí sé es que ese pequeño acto hará que ustedes lo disfruten más, libres de toda culpa. 

Bueno, de cualquier manera, el agradecimiento es siempre algo positivo. Si necesitan ayudarse de algo como la piedrita en el buró, háganlo, pero cultiven esa costumbre. 

Recuerden que cuando somos agradecidos, el Universo dice: ¡Ah mira, a ella (o a él)  le gusta  lo que le estoy mandando, voy a darle más!

Así que concluyo esta historia dando gracias por Chío y sus enseñanzas, así como por el placer que me da compartir lo que aprendo, especialmente cuando lo hago por escrito. 

Gracias, gracias, gracias.