Hace unos años recibí la llamada de mi amigo Enrique Alveláis para preguntarme si le podía dar trabajo a María, una señora a quien conocía de años, y por quien casi casi metía las manos al fuego.

La solicitud me cayó como anillo al dedo, ya que en ese momento yo estaba desesperada por no tener ayuda. A los pocos días, mi esposo y yo tuvimos el gusto de conocer a la famosa María en la boda de Enrique y Elsa, y de inmediato nos conquistó con su sonrisa de bondad e inigualable carisma.

Nos pusimos de acuerdo y pronto comenzó a trabajar en la casa. Pronto nos dimos cuenta también de que era una excelente cocinera, con lo que acabó de echarse a la bolsa a mi antojadizo marido.

Los días que María iba a la casa nos hacía tortillas de harina, gorditas, chiles rellenos, arroz y frijolitos (estos últimos los ponía a cocer en una olla que ella me regaló).

Un día, mientras barría el patiecito de enfrente, llegó mi esposo de la calle y se detuvo a saludarla, antes de salir corriendo a una junta telefónica con su jefe.

Después de saludarlo con mucho cariño, le dice María:

—Oiga, ahorita que vaya para adentro, ¿le puede echar un ojito a los frijoles?

Jajajaja, a mi marido le dio mucha risa y le contestó medio burlón:

—Claro que sí, ¿alguna otra cosita?

¡Jajajaja, como niña sorprendida en una vagancia, María se tapó la boca… muerta de la vergüenza, pero doblada de la risa!

A veces también parecía adolescente, como cuando yo le pedía que no tirara agua mientras lavaba los platos y hacía los ojos para arriba, ¡jajaja!

— ¡No me haga ojitos! –le decía, y las dos nos atacábamos de la risa. Entonces me abrazaba, diciendo:

— ¡Ay mi Laurita, tan suave que nos la pasamos usted y yo!

Le encantaban los animales y las plantas. En cuanto llegaba a la casa o me hablaba por teléfono, preguntaba por mi esposo y mis hijos, y luego por ‘los perritos, los gatitos y las plantas’

—Tanto que quiere uno a sus animalitos, ¿verdad? -decía. 

Era muy ocurrente, pero, así como nos hacía reír, también nos asustaba, ya que era frecuente que al cocinar dejara desatendidos los sartenes con aceite y la estufa prendida, jajaja, lo mismo pasaba con la plancha: era tal su deseo de ayudarnos con la mayor cantidad de cosas, que intentaba hacer varias a la vez… pero era humana. Un día que fui a visitarla a su departamento, un estridente sonido  interrumpió nuestra agradable conversación: era la alarma contra incendios, ya que había puesto agua a hervir, pero se le había olvidado. Gracias a Dios nunca pasó nada grave.

En otra ocasión, fuimos mi marido y yo a visitarla. Ahí se encontraba una vecina, por lo que platicamos un rato con ella mientras mi esposo le arreglaba la tele a María. Antes de que la señora preguntara, ella le dijo que él era su nieto y yo su esposa, aunque no creo que se lo haya creído, ya que somos mayores que sus hijos. Cuando la buena señora se fue, nos dijo que lo había hecho porque la vecina era muy chismosa, ¡jajajajaja!

En poco tiempo, María se convirtió en alguien entrañable para nosotros. Yo le decía que se viniera a vivir a mi casa, o que cuando menos se quedara a dormir alguna vez, pero su respuesta era siempre la misma: ¿Cómo voy a dejar a Juanito? refiriéndose a su hijo menor, de cuarenta y tantos años y a quien adoraba. Y no era solo por él, me consta que a todos sus hijos los quería muchísimo y estaba muy orgullosa de todos y cada uno de ellos. Con el paso del tiempo, los fui conociendo de uno por uno y la verdad es que esa incansable mujer formó unas personas ejemplares.

Su niñez fue muy triste, ya que le tocó un papá golpeador. Se casó  muy joven y la vida le arrebató muy pronto al padre de sus nueve hijos. Años más tarde, perdería a varios de estos y a un nieto, a quien quería como si hubiera sido también hijo suyo, pero nada de eso cambió su hermoso carácter y su actitud hacia la vida.

No le importaba salir tarde, para ella el trabajo era primero. A veces la dejaba en la parada de Walmart y otras la llevaba hasta el centro, donde la esperaba su adorada Aída, otra de sus hijas. ¿Qué decir de ella? Hermosa por dentro y por fuera, igual de alegre y bondadosa que su mamá.

Aída vivía en Juárez y trabajaba en una guardería en El Paso, por lo que tenía que cruzar muy de madrugada. Uno de esos días, se asustó al ver que un afroamericano la venía siguiendo.

En la tarde que le contó a su mamá, ésta le preguntó:

—¿Y tú qué hiciste?

—No, pues salí corriendo hasta que lo perdí de vista

—Anda mensa, ¡te hubieras dejado alcanzar!

Lo que contestó Aída no lo puedo platicar, pero se convirtió en chiste local, y siempre que María y yo hablábamos, salía a relucir, ¡jajaja!

Otro chiste que le encantaba era uno que le conté sobre un señor que se llamaba Asunción, y en el pueblo le decían Chon. Un día se subió a un camión y le encargó al chofer que le dijera cuando llegara a su destino. Ahí se encontraba otro del mismo nombre y, casualmente, iba para el mismo lugar, por lo que él también pidió le avisaran. Al llegar a su destino, el chofer grita con voz sonora:

—¡Aquí se bajan los Chones!

Jajaja, ¡ah cómo se reía con ese chiste y repetía la frase cada vez que platicábamos!

Aparte de tener un humor excelente, María era muy compartida y no hallaba ni qué darnos. Una vez nos regaló unas Julietas hermosas,  una muy grandota y otras chiquitas que ingeniosamente había puesto en unos focos con agua.

Después de un tiempo dejó de trabajar conmigo, entonces comenzó a traerme tortillas de harina, chiles rellenos y papitas… ¡delicioso todo, pero como para un regimiento!

Una de esas veces que vino a traerme sus delicias, recibí una llamada de un gringo preguntándome si conocía a una tal María. Le dije que sí, y me contó que la había visto caminando como perdida cerca de la casa y que como hacía mucho calor, le había ofrecido un aventón. Le di la dirección y a los cinco minutos, aparece María muy trepada en la camioneta del chavo. Las dos le dimos las gracias, y antes de que este se arrancara, me dice ella:

—¡Gringo pendejo, si no estaba perdida! ¡Jajajajajaja!

Tiempo después, la vida le dio otro golpe cuando su amada Aída dejaba su cuerpo físico, víctima del cáncer. Aunque algunas veces se le habían salido unas lagrimitas conmigo, nunca la había visto tan acongojada como en el funeral de su hija. Al principio andaba como si nada, presentándome al resto de su familia, pero llegó un momento en que se quedó de pie junto al ataúd y yo sentí que se me partía el corazón en pedazos al verla morir de tristeza. Pero María tenía otros hijos a los que sentía que debía dar ánimo, por lo que, como una mamá gallina, se sacudió las plumas y volvió a ser la misma, escondiendo su dolor para no hacerlos sentir más mal.

Ahora ella ya no sufre. ¡Por fin se reencontró con todos esos seres queridos que la vida le fue arrebatando uno a uno!

No sé cuál haya sido su misión en esta vida, pero por la actitud que ella tuvo ante tanta pena, quiero pensar que le dieron mención honorífica ahora que llegó al Otro Lado, al verdadero Hogar.

Personas como María son difíciles de encontrar.  Mi familia y yo nos sentimos muy honrados y muy privilegiados porque Dios unió nuestros caminos.

Vaya pues todo mi cariño, admiración y agradecimiento para uno de los espíritus más luminosos que he conocido.

¡Buen viaje mi querida María… aquí se bajan los Chones!