Este fin de semana se llevaron a cabo los festejos del 70 aniversario de mi alma máter: el Instituto Tecnológico de Chihuahua. El viernes conseguí un aventón con mi compañero Arturo y nos fuimos todo el camino “a güiri güiri”. Bueno, más bien él, ya que ha vivido en muchas partes del mundo y viajado por otras tantas, así que ya se imaginarán la de historias que tiene para contar. Yo solo exclamaba cada cinco minutos: ¡Órale, qué padre!

Llegamos sin contratiempos a Chihuahua y me dejó en casa de mi hermana el Pollo. Horas más tarde nos volvimos a ver en una reunión con nuestros compañeros de la generación, ya que este año cumplimos treinta años de haber egresado de ingeniería industrial en producción. La primera en llegar al restaurante fui yo (curiosamente, ya que no me distingo por mi puntualidad) y poco a poco fueron llegando los demás (éramos como diecisiete). Platicamos muy a gusto, yo especialmente con Esperanza (quien fuera una de mis primeras amigas en el Tec, y comandante de la escolta de la que fui abanderada), así como con Memito su esposo y con Luis Carlos, otro amigo que estuvo en la escolta varonil. Nos la pasamos muy padre, tragamos como locos, recordamos miles de aventuras, nos pusimos al día, y, por supuesto, nos reímos de lo lindo.

Al día siguiente pasaron dos amigas por mí (Almita y mi carnala Adriana) para ir al desayuno de egresados. Llegamos a la biblioteca… ¡aquello era la locura, casi todas las mesas estaban llenas! Mientras Adriana y otras amigas se iban a buscar la suya (en donde me iban a hacer un lugarcito), yo me di vuelo saludando a diestra y siniestra, ya que había muchos conocidos… yes! Era como si hubieran retrocedido el tiempo treinta años atrás. Y es que el Tec fue mi despertar social, por así decirlo, ya que en la prepa yo era un poco tímida y no podía hacer nada si no iban mis amigas conmigo. Cuando entré a la carrera, todo cambió, pues no siempre tenía las mismas clases que mis amigas, así que con frecuencia debía ir de un salón a otro sin más compañía que la mía. A veces me acompañaba mi amiguita Liz (que la conocía desde la prepa) y se reía mucho cuando le decía que ya no quería saludar a nadie porque me dolían los músculos de la nuca de tanto sonreír, jajajajaja. No sé si yo era muy buena fisonomista o qué, pero se me hacía feo no saludar a alguien con quien alguna vez hubiera establecido contacto visual.

Bueno, por fin llegué a la mesa y nos trajeron el desayuno… aunque previamente había escrito a la escuela pidiendo que me dieran un platillo vegano, los responsables del evento se pasaron la petición por el arco del triunfo. Había fruta (con yogurt, gracias), una embarradita de chilaquiles, frijoles, y huevo. Debo reconocer que la mesera fue muy amable y me trajo un plato con los puros chilaquiles y los frijoles. El hambre era mucha, así que le entré a los chilacos, no así a los frijoles, ya que no podía correr el riesgo de empanzonarme más y que el vestido me apretara esa noche. En fin, como toda vegana que se respete, llevaba mi vasito con proteína, por lo que complementé mi desayuno agregándole agua.

Me dio mucho gusto ver a nuestro exdirector, el Dr. Esteban Hernández, quien también fuera director de todos los tecnológicos de México y presentador (junto con la bella y talentosa Yolanda Miranda) de mi libro ´Mamá con Soda´. Me acerqué a su mesa y le di un abrazo con mucho cariño.

De ahí pasamos al baño a ponernos la playera de la generación (la mía era roja, de los ochenteros) y posteriormente subimos por una rampa para tomarnos la foto. ¡Aquello, nuevamente, era la locura! Primero se tomó la de todo mundo, luego la de la generación de la que había más personas (la nuestra). En esta última tuve el honor de sentarme junto a los dos únicos representantes de la primera generación (la de los cincuentas), dos señores muy lindos que me imagino se quedaron ahí para acompañar a todas las generaciones, como una especie de padrinazgo.

Terminamos con eso y seguimos con más fotos (ya en petit comité, solo con las de la mesa) y recorrimos los pasillos de nuestra amada institución.

Atrás de nosotros venían unos chavos (jajaja, bueno, unos señores ya) que eran de los que se ponían en el pasillo principal y calificaban a las chavas que pasaban. Los que leyeron Mamá con Soda tal vez recordarán que una vez tuve que someterme a esa tortura, ya que tenía examen y no había forma de pasar por otro lado pues llovía a cántaros. Tuve que llenarme de valor y pasar corriendo frente a la bola de… distinguidos jóvenes, quienes fueron sacando uno a uno sus números para calificarme, ¡gulp! Al final, el novio de una de mis amigas me hizo entrega de un diploma, jajaja, hijos de su madre! Lo bueno es que obtuve puros nueves y dieces.

En fin, Adriana me llevó a la casa y más tarde mi Cuñis me dio un aventón al lugar en donde las ranas se convierten en princesas: el salón de belleza, jajaja. Ahí me esperaba ya la hacedora de milagros, Karla Yosahandy y su hermosa muñeca.

¿Qué les puedo decir? Me encantó el peinado y el maquillaje, así como la plática tan amena. Al rato llegó Adriana, también la peinaron y la maquillaron padrísimo.

Ella pidió que la pintura fuera tipo ‘smokey eyes’… bueno, le quedó… fregonsísima!!!! Tanto, que mi maquillaje me pareció de niña de kínder, jajaja, así que le pedí a Karla que me lo obscureciera un poco más.

Al final quedamos las dos súper satisfechas y encantadas con la amabilidad de Karla, pues hasta nos sirvió un té de jengibre a cada una. Yo aparte me comí un delicioso panini vegano que su esposo había hecho favor de llevarme de su restaurante Mamma Mia Panineria

Como ya era tarde, Adriana me llevó a casa del Pollo para que me cambiara, luego fuimos a la suya para que hiciera lo mismo. Ahí llegaron Sofía y América (amigas de la escolta), así como Aracely (compañera de ellas).

Llegamos al salón (Lago di Como), ¡qué cosa tan hermosa! Mis amigas se fueron a su mesa, ya que mi comadre Laura había comprado nuestros boletos (y el de un amigo de ella) y nos había tocado en una diferente. En esta se encontraban ya Malula y Arturo (ex compañeros de generación) y tres parejas que yo no conocía. Al rato llegó otra amiga de la carrera (Nancy), quien iba acompañada de otra persona. 

Nuevamente saludé al exdirector que iba acompañado de su lindísima esposa. 

La parte musical estuvo increíble con orquesta, mariachi y un tenor muy agradable y con una voz impresionante (José Luis Ordoñez, egresado de nuestra H. institución). 

Cuando llegó la hora de la cena, yo me estaba preguntando con qué platillo me sorprenderían… La respuesta no se hizo esperar: la sorpresa de la noche fue que tampoco para ese evento me habían preparado un platillo vegano… ¡grrrrrr! Después de que el encargado me diera la noticia, me salió lo guarro y dije: “Ya bailó Bertha”, jajajaja, en ese momento me di cuenta de que las tres parejas me habían oído y me dio mucha pena. Mi comadre me insistía en que comiera puré y verduras (quitándoles el tocino), pero le confesé que en realidad ni tenía hambre, que estaba preguntando por el platillo como el español: nomás por joder, jajaja.

En lo que me puse a redactar un correo para los de Vinculación, el encargado regresó con una ensalada… ¡ternurita! Casi lo beso por su muestra de buena voluntad, y a pesar de que oooodio las ensaladas, me la comí para no hacer el desaire.

En fin, ese detalle y el de la mañana fueron los únicos prietitos en el arroz.

En resumen me la pasé increíble, pude convivir con amigos a quienes no veía hacía tiempo y con otros con los que me escribo a diario; recorrí nuevamente los pasillos de mi amada escuela después de treinta años e hice un recuento de las enseñanzas más valiosas:

Una muy práctica, la teoría de Tiempos y Movimientos que me enseñó el Ingeniero Maurilio Martínez y que aplico todos los días.

La otra, un ejercicio que nos puso mi querida maestra de Psicología, Delia Castillo, y y en el cual aprendimos que podemos hacer que alguien se sienta muy bien si le mencionamos aquellas cosas que admiramos de él/ella.

Por supuesto que debe de haber más enseñanzas, pero por el momento, esas son las que más recuerdo.

Doy gracias a la vida por haberme permitido vivir este reencuentro… ¡y estamos puestos para la próxima!

¡Abursito!