Todas las mañanas, cuando salgo a darle de comer a mis perros, me paro un momento en el jardín y saludo a la Madre Tierra, (también conocida como Gaia o Pachamama). A veces me doy el tiempo de imaginar cómo de mis pies comienzan a crecer unas raíces que van bajando y penetrando capa por capa hasta llegar al centro del planeta. Conforme bajan las raíces, me imagino a mi querida Gunita -mi niña interior- deslizándose por ellas como si estuviera en una resbaladilla. 

Luego, al llegar al centro de la Tierra, la veo poner sus piecitos en el suelo, y correr al encuentro de su madre (la Pachamama), quien se agacha para recibirla, envolviéndola en tremendo abrazo… ¡Ah qué bien se siente estar ahí! 

Mientras las dos giran abrazadas, Gunita no para de hablar y Pachita de sonreír y de preguntarle cosas. Luego, como típica niña, Gunita brinca y corre por todos lados, bajo la mirada amorosa de su madre. Después de un tiempo, mi niña debe regresar, y la despedida es igual de cariñosa. Gunita trepa por las raíces y se acomoda como si estas fueran una alfombra mágica. Las raíces se van retrayendo, y pasan capa tras capa de nuestro bello planeta azul hasta llegar a mis pies. De ahí, la Gunita sube hasta mi corazón, sintiendo el suyo rebosando de amor, y se acomoda dando un gran suspiro…

Pues bien, esta semana, uno de los días que salí al jardín en la mañana, hice un ejercicio diferente:  observé los árboles llenándose nuevamente de hojas, los pájaros volando de rama en rama, y mis perros revolcándose en el pasto. 

Mi corazón se llenó de amor y di gracias por poder vivir en este bellísimo planeta. Luego contemplé esta casa en la que vivimos y que me gusta tanto, y también di gracias, pues es lo que yo siempre soñé. Apenas había terminado de agradecer por esas dos bellas moradas, cuando me di cuenta de que había otra muy importante: mi cuerpo físico. Y di gracias de todo corazón porque sin él, mi espíritu (o sea YO) no podría manifestarse en esta dimensión (o tal vez sí, pero sería muy difícil). Di gracias porque tuve la fortuna de haber encarnado en un cuerpo bello y sano… sí, bello, aún cuando el ego me diga muchas veces que no es así. Y comencé a dar gracias por cada uno de mis órganos, aparatos y sistemas, por cada uno de mis tejidos, por cada una de mis células. Y me di cuenta de que en verdad lo amo… amo mi cabello, amo mi cara, amo mis brazos, amo mi figura… e hice las paces con la delgadez, con la celulitis, con la incipiente pancita, con las nachas que suben y bajan dependiendo de mi alimentación, con mis rodillas que a veces duelen… 

Y me di cuenta de que soy sumamente afortunada al contar con tres temporales pero hermosas moradas que como matrushkas encierran a la divinidad que vive en mí y que YO SOY.

Estas reflexiones que mi alma hace me alimentan, ahora solo me falta aterrizarlas para saber cómo reaccionar cuando mis hijos no ayuden en la casa o cuando tenga frente a mí un reto grande y no sepa cómo enfrentarlo.  

Yo creo que la solución está en practicarlas día a día y recordar que la vida es un juego de niños, y que dentro de cien años nada de lo que ahora me preocupa será importante, ya que como bien dicen: “Esto también pasará”.

Gracias a ti que me lees. La Divinidad que vive en mí y que YO SOY reconoce y honra a la Divinidad que vive en ti, o lo que es lo mismo:

Namasté.