Hace unos días me cuestionaba para qué Dios había puesto los mosquitos en la Tierra y una amiga muy sabia me dijo que leyera el libro “Las Voces del Desierto” de Marlo Morgan, y que ahí lo iba a entender.


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No quise esperarme a buscarlo en una librería, así que me puse a escuchar el audio libro por YouTube (me parece que es en la segunda parte donde la autora explica la razón de la existencia de estos nada populares insectos).

¿Qué les puedo decir del libro? Una verdadera joya. Ahí aprendí algo que me fascinó respecto a los cumpleaños y quise guardarlo para platicarlo cuando se cumplieran 53 años de haberle dicho sí a la vida con mi primer respiro. Cuando la protagonista (una gringa) explica a los aborígenes de Australia cómo los cumples  son celebrados en su cultura, ellos hacen una hermosa analogía al referirse al pastel, y dicen que pareciera que el betún simboliza todo el tiempo que los mutantes (o sea, las personas ‘civilizadas’) pierden en los objetivos artificiales, temporales y edulcorados, de tal forma que en realidad son muy escasos los momentos que dedican (dedicamos) a descubrir quiénes son (somos) y cuál es su (nuestro) ser eterno.

—¿Para qué lo hacen? – preguntan refiriéndose a la celebración de los cumpleaños. Para nosotros, una celebración significa algo especial, pero no hay nada especial en hacerse viejo. No exige ningún esfuerzo. Ocurre, simplemente.

—Si no celebran que se hacen mayores, ¿qué celebran? -pregunta la protagonista

Su respuesta no puedo haber sido más sabia:

—Que nos volvemos mejores. Lo celebramos si este año somos personas mejores y más sabias que el año pasado. Solo uno puede saberlo, así que eres tú quien debe decirle a los demás cuando ha llegado el momento de celebrar la fiesta.

TOINN!

Esas palabras me dejaron de a seis y me hicieron reflexionar.

Es cierto, en realidad si estamos vivos es gracias a un poder superior con el que hemos hecho una especie de pacto al aceptar venir al mundo.

¿Que cómo lo sé? Pues porque hace algunos años lo viví en una terapia en la que nos remontábamos a la época antes de nacer. Ahí teníamos un encuentro cara a cara con la Divinidad y Él/Ella nos mostraba lo que sería nuestra vida aquí en la Tierra; luego nos preguntaba si aceptábamos. A mí me pasó algo muy curioso porque asentí con entusiasmo al ver lo que aquí me esperaba, pero al momento de saltar al vacío, sentí una tristeza impresionante y lloré como una Magdalena, ya que no me quería separar de Dios.

Entonces… estoy convencida de que para cumplir años no tenemos que hacer ningún esfuerzo, porque, como bien dicen, al que le toca, aunque se quite, y al que no le toca, aunque se ponga.

Y bueno, ¿qué hay con eso de que los aborígenes australianos celebran que se vuelven mejores y más sabios? Cuando lo leí por primera vez, me pareció que se podía caer en la soberbia, permitiendo que apareciera el famoso ego espiritual (ese que te hace pensar que eres mejor que los demás porque tú tienes la verdad absoluta, ya que vas por el camino que -según tú- debe ser; he aquí un artículo que lo explica a la perfección: https://hekay.es/blog/21/3/2014/el-ego-espiritual-conocerlo-es-identificarlo-identificarlo-es-el-primer-paso-para-superarlo).

Sin embargo, luego recordé que también es importante reconocer las cosas buenas que hay en nosotros, así que decidí seguir la tradición de tan bellos y sabios seres, y este año no celebro que sigo viva (aunque sí que tantas personas me hayan felicitado, a pesar de que yo ya no felicito ni escribo en el muro de nadie para no volver a caer en la adicción)… celebro la enseñanza más grande que he recibido de hace un año para atrás, y de la cual ya he hablado anteriormente: la CONGRUENCIA.

PARA ESTAR BIEN, DEBE HABER CONGRUENCIA ENTRE LO QUE PIENSO, SIENTO, DIGO Y HAGO.

Y créanme que lo tengo presente día a día e implica no contar mentiras… ni siquiera las mal llamadas “piadosas”, porque al final, mi Ser Superior se da cuenta del engaño.

Eso de las mentiras lo estuve practicando durante muchos años, a la hora de pagar los servicios. Si en alguna ocasión se me pasaba enviar algún pago y sabía que este no llegaría a tiempo por correo, escribía una fecha diferente en el cheque y en mi comprobante (por lo general, uno o dos días antes de la fecha de vencimiento)… o sea jelou… ¿a quién estaba tratando de engañar? Increíblemente, fue apenas hasta hace unos meses que me di cuenta de ello.

Así que… lo de la congruencia, como dijo Neil Armstrong, es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad…

Entonces, sin temor a caer en el ego espiritual, puedo concluir que gracias a ese pequeño paso y  gran salto para mi espíritu, sí soy mejor que lo que era a mis 52.

Por lo tanto…

¡Celebremos señores con gusto  este día de placer tan dichoso!