Hace un mes tuvimos la cena de Navidad en mi casa junto con algunos de mis hermanos, sobrinos, la tía Tikis, y por supuesto, mi esposo e hijos. De repente, con diferencia de media hora, recibimos la noticia de la muerte de dos queridas personas: mi primo Piqui (Horacio Guillén Jurado, quien era el cronista de la familia) y el Ingeniero Francisco Aguayo León, papá de mis amigas de toda la vida Elsa y Marcela y de mi carnala Adriana.

Como Piqui vivía en la ciudad de México, estaba muy cañón ir a despedirlo, y más teniendo casa llena. En cuanto al ingeniero, pensé que no iba a poder acompañar a mis amigas en su duelo, pero afortunadamente lo cremaron, y su misa fue casi una semana después, por lo que me dio tiempo de viajar a Chihuahua.

El día de la misa, antes de dirigirnos a la iglesia, el Pollo y yo hicimos escala en el panteón para dar el pésame a otra familia que conocemos de años y con quien también nos une un cariño muy especial. Hablo de los hijos de los compadres Chuchi y Olga Fernández (mi madrina de Primera Comunión) quienes despedían a la esposa del hijo más chico.

Durante el entierro me puse a observar la escena desde otro plano. Al ver a la gente abrazarse llorando, deseé de todo corazón que ellos pudieran ver lo mismo que yo: no un adiós,  sino un hasta luego; no un enterrar a una persona, sino una despedida a alguien que se va a vivir a otro lado pero que no puede llevarse el carro que hasta hace unos días manejaba; no una despedida triste de personas acongojadas, sino una bienvenida alegre a otro plano por sus seres queridos que ya pasaron por lo mismo, y por otros seres luminosos y amorosos.

En esos momentos de reflexión profunda, comencé a pensar en lo que quisiera decirles a mis deudos y a todo aquel que quisiera irme a despedir. Y así surgió este escrito. Primero pensé en dejarlo en algún lugar visible en mi casa, pero mejor decidí publicarlo en el blog, esperando que alguien se acuerde de él y lo lean en mi funeral.

Y no es que ande pensando en la muerte, ni que oiga pasos en la azotea. Es simplemente que me gustaría compartir mi forma de pensar en esos momentos, así que ahí les voy (o sea, léase en caso de mi muerte y así 😁).

Primero que nada, si muero antes de ser una anciana, sepan que no morí prematuramente…

Era mi tiempo de dejar esta maravillosa vida que me ha dado tantas satisfacciones;

Era mi tiempo también de despojarme de esa increíble, bella y perfecta maquinaria (mi cuerpo físico) que le fue asignada a mi espíritu cuando acepté venir a la Tierra y tener una experiencia humana.

Y lo más importante, era mi tiempo de volver al Hogar y verme de nuevo cara a cara con mi amado Creador.

¿Que si quisiera durarle muchos años a mis hijos, a mis nietos (si es que los llego a tener), a mi esposo y a mis hermanos? Por supuesto, pero quiero que sepan que no me voy del todo… y no les voy a salir con la mamada esa (ahí disculpen) de que mientras me recuerden estaré con ustedes… No. Me recuerden o no, yo les daré sus vueltas. Y bueno, esto lo digo con conocimiento de causa, ya que así ha ocurrido con mis papás y con incontables personas que se dan sus escapaditas del Other Side.

En cuanto al funeral, en alguna ocasión escribí que quería que fueran vestidos de colores alegres porque la “muerte” es en realidad el nacimiento a la Verdadera Vida y debe ser motivo de júbilo, ¿pero saben qué? ¡Que cada quien vaya como se le dé su regalada gana! Bastante he controlado a otros en vida como para también hacerlo después.

Lo único que sí me gustaría es que no me pusieran un ataúd mega elegante… ¿como para qué o qué?
No. Yo quiero el ataúd más sencillo que haya, un vil cajón que contenga mis restos durante el funeral, ya que voy a querer que me incineren… y aunque me enterraran, la neta no entiendo para qué tanto lujo… es como tirar la basura en bolsas Gucci o Prada. Pero no me malinterpreten, estoy consciente de que mi cuerpecito ahorita es muy valioso pues es el instrumento que usa mi espíritu para manifestarse, pero una vez que este último termine con su misión, no tiene ningún sentido rodearlo de lujos. Eso (creo yo) debe hacerse en vida (hermano, en vida).

¿Y qué más quiero que sepan? Ah pues que en la medida de lo posible y de acuerdo con la información que tengo, yo estaré presente en mi funeral. Y voy a oír a los que me saquen la garra, jajaja, pero no se apuren, que eso no sea motivo de preocupación.  Lo importante de esto es que oiré también a los que me hablen… sentiré su cariño y los envolveré con mi amor…  Cuando pasen los días pediré permiso para venir a verlos cada vez que se pueda, y por medio de señales les haré saber que por aquí ando.

Y algún día, si uno de ustedes me busca, yo me presentaré a través de un médium y/o me haré presente en sus sueños… y será como si no me hubiera ido.

Durante todo ese tiempo viviré en el Otro Lado hasta que esté lista para cuando Dios me vuelva a presentar un nuevo proyecto de vida y me pregunte: ¿Tons qué, lentras mi reina? Y yo le contestaré que sí con la misma alegría con la que decidí encarnar en la persona que soy ahora.

Y comenzará todo de nuevo…

Y si llego a ser muy afortunada, me reencontraré con mis grandes amores de esta vida: mis hijos, mi esposo y mis papás.

Mientras ese día llega, saboreo cada instante de la vida que ahora poseo y doy gracias (a gritos como dice mi amiga Karmela) por ser tan afortunada.