Se dirige al baño a retocar su maquillaje. Con su trajecito de blusa sin espalda y minifalda azul cielo de brillitos se pinta la boca en un tono claro, como arena. Lo que ve en el espejo le gusta. Sonríe, y toda su confianza se desploma al descubrir que ha estado dando, no el perejilazo, sino el espinacazo, y peor aún… ¡en el labio inferior! Sí, quién sabe cómo tres pedazos de espinaca (uno un poco más grande que una moneda de 25 centavos -o una cora, como dicen los spanglishparlantes-, otro medianillo y uno chicuelón) salen de su boca a saludarla. ¡No mames! ¿Desde cuándo traigo esta asquerosidad??? ¡Ay no, qué oso! Intenta quitarse los pedazos con agua, pero no puede. Busca un pedazo de papel, no hay. ¡Chetos! ¡Ah ya sé, en el baño de los operadores debe de haber!

Atraviesa media cafetería, tratando de no sonreír. Las miradas de todos están puestas en su escote, ¡fiu! ¡Qué bueno que me puse esta blusa! Sorteando a los trabajadores que avanzan poco a poco con su charola de comida, sus ojos se alegran al medio ver un montón de papeles color estraza. Compermiso, compermiso. Aliviada, toma dos y se regresa al baño. Cuando tiene los papeles a tres centímetros de su boca, un olor nauseabundo la saluda burlón. ¡Hola! ¿Te crees mosca o qué? Sus ojos se abren como prosti en acción y avienta los papeles llenos de caca. ¡No pinche mameeeeeees, qué ascoooooooo! El color beige de sus uñas adquiere unos matices cafesosos. ¡Voy a vomitar! ¿Y ahora cómo chingados me limpio?

Corre al baño de las operadoras, abre la puerta y ve que una viejita está usando el único lavabo que hay, pero ni siquiera se está lavando las manos, la señora ocupa todo el espacio con su bolsa negra de orillas blancas y deshilachadas y su pañalera gris que en sus buenos tiempos fue verde pistacho. La viejita le sonríe con su único diente y le pregunta si quiere limpiarle la cola a su sobrina, una mujer de unos cuarenta y cinco, cuarenta y siete años, claramente afectada de sus facultades mentales.

  • ¿Quéeee?
  • ¡Sí, mija, te pago! Es que yo ya no puedo hacerlo porque me canso.
  • No señora, lo siento, con todo respeto, no creo que pudiera hacerlo… me vomitaría. Ahora si me permite, tengo que lavarme las manos.
  • Ah claro que sí, mija, dispensa.

Sale del baño después de haberse casi acabado el jabón. La propuesta de la viejita y lo sucedido minutos antes la dejan pensando. ¡No mames, qué cosa tan más bizarra me acaba de pasar! ¿Qué me querrá decir el universo con esto? Mmmmm… ¿Que si estoy tratando de limpiar la mierda que hay en mi vida y alguien viene a que me embarre más, TENGO LA CAPACIDAD DE DECIRLE QUE NO? ¡Síiiii! ¡Eso es! Pinche Enrique, no te la vas a acabar. Hasta aquí llegaste cabrón. ¡Se acabó tu pendeja!

Echando su cabello para atrás, y taconeando con enjundia enfila hacia el despacho del licenciado Martínez.

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