Nadie nace sabiendo todo. Bueno, habrá unos cuantos elegidos que sí, pero yo no soy de esos.

Cuando nos cambiamos a Estados Unidos solo teníamos a Ron, un Cocker Spaniel, quien fue nuestro primer bebé. Ignorantes de muchas cosas, nunca lo operamos. No sabíamos que el número de perritos crecía exponencialmente y que muchos de ellos terminaban abandonados a su suerte y/o sacrificados en el antirrábico. Con esa ignorancia se lo presté un día a mi amiga Marcela Atkinson para que cortejara a su perrita Nala y pues ese par nos hizo abuelas.

Años más tarde, cometimos otro acto que ahora muchos reprobamos, y con justa razón: compramos un cachorrito de Golden Retriever a una familia que a eso se dedicaba. Sí, ahora lo veo todo diferente, pero bueno, ese era nuestro nivel de conciencia. Le pusimos Manolo, y en nuestra defensa, les diré que a ese sí lo esterilizamos (de hecho, no me acuerdo si llegamos a esterilizar finalmente a Ron o no).

Luego nos regalaron un gatito (Gatichico), quien vino a llenar ese vacío que solo los amantes de los gatos pueden entender.

Más tarde, cuando nos cambiamos a esta casa, invitamos un día a comer a nuestros amigos Sol y Joe. Me lancé a Walmart a comprar todo para unas hamburguesas, y cuando venía de regreso, me cerró el ojo un carro lleno de cachorritos de Golden Retriever que estaba estacionado, y pues ya entrados en gastos me traje uno. Sí, ya sé, mi nivel de conciencia seguía pa´la chingada.

Al poco tiempo llegó Jesusito (otro Golden Retriever de mega alcurnia), regalo de nuestros amigos Marisa y Rogelio, y meses después, Paco, el único gatito con ojos delineados que adoptamos de un albergue. ¿Qué pasó con Gatichico? Pues que tuve a mal dejarlo salir a sabiendas de que los gatos no se enamoraban de las personas sino del terreno, pero no pude resistir el verlo con ganas de salir a disfrutar de tanto árbol. Nunca regresó.

Después llegaron: Zorry (también adoptado, pero de otro albergue), el buen Beno (cruza de no sé qué ovejero, rescatado de las garras de una vieja que lo tenía en un mini espacio a la intemperie -en pleno invierno, grrrr-), Matute (un espectacular Gigante de los Pirineos adoptado de Canhijolandia, el albergue de mi amiga Bella en Chihuahua), Sasha (mi niña hermosa, una Pointer, también de los canhijos de Bella) y finalmente, Lola (una dizque cruza de Labrador y Ovejero Australiano que nos regalaron, y aunque está feisita como murciélago, ya sentimos que la queremos).

Pues bien, los últimos que quedaron de todos ellos fueron Toby, Beno y Dolores.

Toby resultó el más mandilón y faldero de todos y se enamoró perdidamente de mi marido. Una vez que nos fuimos de vacaciones y lo dejamos junto con los otros en la guardería, nos habló mi vecina para decirnos que le habían llamado del lugar, ya que la habíamos puesto de contacto de emergencia. Resulta que el niño no quería comer, estaba muy triste. Ella muy linda se ofreció a recogerlos, llevarlos a nuestra casa y atenderlos mientras no estuviéramos. ¡Por supuesto que le tomamos la palabra y Toby fue el más feliz!

Como vieron en las últimas fotos, recientemente tuvimos que comprarle unos calcetines antiderrapantes porque se le abrían las patitas como a Bambi.

Pero eso no fue todo. Hace unas semanas dejó de comer. Yo intuí que ya no le gustaban las croquetas, y ni cómo llevarle la contraria, estoy convencida de que no es la mejor comida para los pobres animales. Me puse a investigar y encontré un video de una veterinaria que prepara la comidita de sus perros, y ayudada por mi hijo, pude incorporar un poco más de nutrición al plato de mis bebés.

Sin embargo, desde la semana pasada empezó Toby a hacerle el feo nuevamente a la comida, y también le dio diarrea y vómito. Mi hijo sugirió que le diéramos pollo, pero como ya era noche y no teníamos, le preparó un arroz. Se lo engulló. Durante los días siguientes esa fue su dieta: pollo y arroz. Luego volvimos a incorporar poco a poco la otra comidita casera y las croquetas, y ahí la llevaba.

Hace unos días comenzó a vomitar y a respirar muy curioso, la verdad es que nos extrañó porque siempre había sido muy saludable (a excepción, claro de los gusanos del corazón que contrajo hace unos años). Eso fue este fin de semana. El lunes siguió igual, por lo que el martes tempranito hice cita para llevarlo al veterinario. Me dieron cita para las 11:30.

Esa mañana se levantó a ver a su amor (o sea mi marido) y se estuvo un buen rato con él en el jardín. Me tardé en darles de comer, antes de poder servirles noté que Toby tenía rato en la misma posición: parado en cuatro patas, miraba despacito para un lado y para el otro, como comiéndose el jardín con la mirada. Yo creo que duró así una media hora. Salí para ver cómo estaba, se veía que había seguido vomitando.

Al poco rato salí con la comida y me extrañó que no viniera. Dejé los platos de Beno y Lola y lo busqué por todo el jardín. Me empecé a paniquear porque no lo encontré por ningún lado, por un momento pensé que se habría caído a la alberca, pero no. Lo busqué en los arbustos donde se resguardó Sasha sus últimos días. Nada tampoco. Entonces lo busqué en otros arbustos, y ahí estaba, muy paradito viéndome. Le acerqué su plato con pollito, ni me peló. Entonces se lo dejé ahí y me fui a bañar.

Al rato salí para revisar si había comido. El plato estaba intacto. Para esto, mi niño ya se había ido para otro lado, cerca de la cocina. Traté de meterlo para que mi hijo no batallara cuando se lo llevara al veterinario, pero por más que traté, no pude moverlo. Bueno -pensé-, le hace bien estar en contacto con la Madre Tierra.

Arreglada ya para una junta, abrí la cochera pasaditas las 11. En eso me grita mi hijo: ¡Ven rápido, no sé qué le está pasando! Salí al patio (precisamente por el club de Toby) y lo encontré tirado. Mi hijo estaba verdaderamente angustiado, le decía a Toby que no se muriera y me preguntaba qué hacíamos. Cuando me acerqué, supe que su bella alma estaba dejando ese viejo cuerpecito: se le notaba en sus ojitos, como vacíos ya, y poco a poco se le fue yendo la lengua de lado. – No hay nada que hacer, hijo, yo creo que ya se está muriendo. ¿Sigue respirando?

Y en eso, todo terminó. El perrito más bueno (o uno de los más buenos) concluía su ciclo en esta tierra y en nuestras vidas. No fue un perro espectacularmente bello por fuera ni se sabía trucos ni nada, pero su alma o eso que lo habitaba, era hermosa.

Mi esposo, que originalmente iba a encontrarlos en la veterinaria, llegó a la casa. Dice que fueron por un edredón para subirlo a la camioneta y llevárselo para ser cremado, y que cuando regresaron con él, estaban Beno y Lola junto a mi niño.

Lola, como siempre, acurrucada junto a él. No sé si entendía que estaba entrando de golpe a la orfandad. 

La vida sigue. Todos mis hermanos y mi Cuñis nos mandaron mensajes muy bonitos. Virgilio me habló, también me dijo cosas muy lindas, y por supuesto terminó con un dicho ranchero (el muerto al hoyo y el vivo al pollo). Lo curioso es que aquí quedó perfectamente, ya que el pollito que había reservado para Tobitas, se lo cedió a mi familia.

Estas fotos son de ayer en la mañana. Creo que su bonhomía (o en este acaso, bonperría) le ganaron una muerte tranquila y poco dolorosa.

Vaya pues un abrazo grande a mi querido Tobillitas quien ha cruzado ya el Puente del Arco Iris. Ahora corre libre junto a todos sus hermanitos y espera ansioso el momento en que se vuelva a reunir con su amado.

¡Te querremos siempre mi niño, gracias por todo y por tanto!

El Paso, Texas, septiembre 28, 2021