Lo más pesado no es cambiar de cama cada tercer día ni tener que mostrar su sonrisa hueca a periodistas y fans metiches cuando lo que realmente quiere es rayarles la madre y gritarles que la dejen en paz. No. Lo más pesado es pensar que su abuela puede morir en cualquier momento porque nadie de su familia ha pasado de los sesenta y ella está por cumplir los cincuenta y nueve.  Lo más pesado también es no poder abrazar a Princess cuando todo sale mal, cuando el ser famosa solo le deja un hueco en el alma.

Ese día era un miércoles cualquiera. Mentira. Para ella no existían días así. Todo giraba alrededor del basquet: la comida, el descanso, las terapias, el entrenamiento.

¡Ah qué ganas tenía de que acabara la temporada para poder irse a casa de su abuela Shaquana, acurrucarse con ella en su amplia mecedora de ratán y cargar día y noche a su adorada Princess! Ahí no había horarios, por lo menos no para ella. Su abuela y sus tías la consentían demasiado, parecía que querían compensar el hecho de que su mamá la hubiera abandonado de chiquita por irse a probar suerte de bailarina a Las Vegas. Y es que Lashonda Williams era demasiado hermosa, demasiado sexy, demasiado inmadura como para pasar sus mejores años cuidando bebés. Aunque fuera solo uno. Aunque fuera la niña más tierna y menos demandante del mundo. Así es, la pequeña Shantelle ni siquiera lloraba cuando tenía hambre, solo chupaba sus manitas esperando que cayera el maná del cielo. Y claro que este nunca caía, y menos cuando su mamá -entonces de dieciséis años y con la calentura queriendo escapar de sus brevísimas tangas- se iba con el galán de turno dejándola encerrada. Nadie se explica cómo es que la bebé resistió a los fríos de Detroit en ese cuartucho de mierda. De no haber sido por doña Chonita, la portera del edificio que parió a diecisiete hijos en su natal Zacatecas y tenía ojos en la nariz, la suerte de Shanti hubiera sido muy diferente. Un martes de Febrero, Mientras limpiaba las escaleras, doña Chonita detectó un olor a podrido. Achis, ¿qué es eso que huele tan hediondo? Metió sus regordetas manos a los bolsillos del delantal -sí, a su eterno delantal a cuadritos y con holanes rematados con un bies blanco en la parte superior, que tenía remiendos en los remiendos. Tomó el manojo de llaves, y como el mejor sabueso caminó puerta por puerta hasta encontrar aquello que se regodeaba en golpear sus células olfativas en una sinfonía de moléculas: en medio de la sala, en una caja de cartón donde tiempo atrás hubo unas botas grises, una plasta impresionante de caca cubría gran parte del pequeño cuerpecito de una bebé negrita. Las moscas zumbaban a su alrededor, enojadas porque sabían que el festín acabaría pronto. -¡Virgen bendita, pero qué es esto Dios mío? La pobre bebé no tenía fuerzas ni para abrir sus ojitos. Se encontraba en un estado avanzado de deshidratación, y por si eso fuera poco, tenía caca de cucaracha por toda la cara. Doña Chonita quería agarrar a la desgraciada de la madre y aventarla por la ventana, gracias a Dios que andaba de puta porque si no, sí lo hubiera hecho. Abrió su viejo Nokia y marcó al 911. Los paramédicos llegaron en menos de cinco minutos y detrás de ellos entró una trabajadora social, ¿o era trabajador? Ah caray, esas modas de ahora eran incomprensibles para la humilde portera. ¿Qué les cuesta a estos muchachitos pendejos decidirse por uno de los dos sexos? Ah no, pero ahí andan con esa mamada de que son andróginos. ¡Andróginos mis huevos! -dijo doña Chonita en voz muy baja mientras le daba el pase a dicho personaje. Los paramédicos ya habían comenzado su labor, lo hacían con tanta rapidez como si de eso dependiera su vida. Bueno, no dependía la de ellos, pero sí la de la pequeña. La limpiaron, la desinfectaron y le colocaron una sonda para ponerle suero. La bebé apenas pudo medio abrir los ojos y les dedicó una mueca que quiso ser una sonrisa. Los héroes anónimos, ahí donde la ven dos fortachones de más de dos metros, sintieron cómo un liquidito salado les empañaba la vista y le prometieron que harían todo lo posible por salvarla.

Otra que lloraba pero a moco tendido era Doña Chonita, recriminándose por no haberse dado cuenta antes de lo que estaba sucediendo en el trescientos ocho.

  • Cálmese señora, gracias a Dios y a usted la niña aún vive, va a ver que se va a recuperar, dijo la trabajadora/trabajador social.

Y así fue. Las autoridades localizaron a la familia de Lashonda, quienes obtuvieron la custodia de la bebé y estuvieron de acuerdo en que la hija debía pagar por su crimen. Fue enviada a la cárcel del condado donde el 90% de las presas eran latinas. Pero como dije, Lashonda era demasiado sexy y los guardias de la prisión pronto la bautizaron como Lashonda la Cachonda. Ella no entendía nada, no sabía español, pero su nuevo apodo le causaba gracia, y tras acostarse con todo el personal y con el juez que dictaría su sentencia, logró salir hasta con una carta de recomendación.

Ni siquiera preguntó por su hija. En su mente solo tenía una cosa fija: convertirse en bailarina exótica.

Pero bueno, volvamos a ese miércoles en que se disputaría el pase a la final. Despertó nostálgica como siempre, deseando que aunque fuera solo por un día, su desayuno no hubiese sido fríamente preparado, calculando cada gramo de carbohidrato, cada porción de proteína, cuidando que la grasa y la fibra no sobrepasaran la recomendación diaria. ¡Lo que daría por poder desayunar wafles con tocino y manzana frita!

La voz de su entrenador la sacó de sus pensamientos. Tenía hambre, sí, pero aún no era capaz de decir que quería desayunar. No. Esperaba a que Phillip le dijera que bajara al comedor. ¿Hasta cuándo vas a pedir lo que quieres Shanti? -le decía una y otra vez su psicóloga, pero ella no encontraba esa fuerza para expresar sus deseos, y como el ser la mejor basquetbolista de los últimos treinta años le había permitido tener todo lo que deseaba sin siquiera abrir la boca, no tenía prisa por resolver ese asunto.

-Coming dear! -gritó mientras brincaba de la cama para dirigirse al baño, ya que sus intestinos comenzaban a trabajar en el preciso momento en que abría los ojos. Siempre que estaba en ese trance, daba gracias a Dios por su perfecta digestión. Luego se daba un regaderazo con agua fría para activar la circulación y se limpiaba la lengua con una U de metal. A pesar de que solo podía pasarlo unas dos o tres veces porque si seguía se vomitaba, lo hacía pensando en lo contento que su hígado se ponía al ayudarlo a eliminar toxinas. Posteriormente se lavaba los dientes y al terminar le echaba un chorrito de agua oxigenada al cepillo.

No tenía ni que pensar qué ponerse. Para eso estaba Morita, su asistente japonesa, que para su clase de Pilates le había elegido unos leggins morados de leopardo, un brassiere deportivo del mismo color, una cortísima blusa amarilla que se empeñaba en dejar ver cada pulgada de músculo de su abdomen. Ah, y por supuesto unos calzones de algodón orgánico color azul turquesa y sus calcetines favoritos, morados también pero con los dedos amarillos.

Ver su ropa bien acomodadita en la cama la puso de buen humor. Y sintiendo que el baño se había llevado esa nostalgia inútil, ese descontento por la vida, dio gracias a Dios porque sabía que estaba viviendo un sueño, y decidió, al menos por ese día, cambiar de actitud. Solo por hoy. El recuerdo de su tía Virginia, fiel testigo de la eficacia de AA, vino a su mente.

Devoró la comida, fingiendo que cada bocado de esos alimentos tan perfectamente balanceados eran en realidad sus platillos favoritos. ¡Mmmmh, pollo frito… mmmmh, pudín de plátano… mmmh pastel de elote! Y así entre juego y juego terminó su desayuno.

Se lavó los dientes, y mientras esperaba que se le bajara la comida para no vomitar encima del Reformer, salió a meditar a la terraza. Lo hacía todos los días, era el secreto de su éxito. Shanti se visualizaba triunfadora, se sumergía tanto que hasta podía escuchar el rugido de la gente enloqueciendo con su juego perfecto y ver la cara de felicidad de sus compañeras, de Phillip, de su abuela, de sus tías, de los miles de fanáticos que pagaban lo que fuera por verla jugar. Sí, ella experimentaba todo eso, e invariablemente, se hacía realidad. ¿Brujería? No, física cuántica.

Diecisiete minutos y veintidós segundos después abrió los ojos y suspiró sintiéndose renovada. Bajó al área de Pilates. Algunas de sus compañeras ya estaban ahí. Se saludaron rápidamente, ajustaron sus máquinas, y contrayendo el abdomen, dedicaron los siguientes cincuenta minutos a estirar, fortalecer y dar tono a sus músculos. Ese día tocaba trampolín, yay! Era uno de los ejercicios favoritos de Shanti, bueno, todos, pero ese y el que hacían al final para estirar los músculos de la parte posterior de las piernas eran lo máximo. En este se acostaban boca arriba en el Reformer, ponían los dedos de los pies en la barra y empujaban los talones hacia enfrente. La orden era mover los pies como si estuvieran corriendo, pero ella se pasaba por el Arco del Triunfo las instrucciones. Mal se acostaba cuando ya estaba estirando las dos piernas por igual. ¡Era orgásmico, no quería que terminara! Sin embargo, como eyaculador precoz o marido poco motivado pero cumplidor, en un minuto se le acababa el veinte. Ni hablar.

Lo que seguía era una deliciosa zambullida en la piscina para relajarse. Claro que antes de echarse el clavado se daba un regaderazo, pues le sudaba hasta el apellido.

Su traje de baño color verde perico hacía resaltar su piel, la cual tenía el clásico brillo de la gente de color. Y aquí hago una pausa, ¿cómo que gente de color? ¿Y los demás qué somos? ¿Gente de forma o gente de qué? Me no comprende las frases hechas, así que hagan de cuenta que no dije nada y permítanme corregirlo: su traje de baño color verde perico hacía resaltar su piel, la cual tenía el clásico brillo de las afroamericanas y aunque no era un sexy chiquini sino un traje de baño de una sola pieza, Shanti parecía modelo de Playboy. Ni hablar, había heredado los genes sexosos de la madre. Claro que ese sex appeal se acababa al momento de ponerse el uniforme. Con sus shorts de cholo, todos aguados, y sus camisetas se veía todo menos sepsi.

En fin. Después de relajarse media hora en la piscina, se dio un regaderazo y pasó al comedor. El ejercicio le había abierto el apetito. Devoró todo lo que le pusieron enfrente: pasta con brócoli, pimiento morrón, zucchini, champiñones, queso mozzarella y crema agria, acompañada de unos ricos panecitos de ajo con harta mantequilla y un trozo enorme de salmón con miel de abeja del Gólgota (o alguna mamada de esas), aceite de oliva y limón.

Mr. Thomas, el entrenador general les tenía prohibido socializar para que no gastaran energía y la reservaran para el juego. Parecería una regla chirulera pero a él le había funcionado muy bien. Y pues ya tenía cincuenta años como coach y jamás había perdido un partido, así que lo que hacían las jovencitas después de comer era salir a los jardines con un buen libro y una jarra grande de suero de sabor.

Media hora de lectura y pa´dentro. A dormir se ha dicho.

Quince minutos después, ya estaban todas rozagantes.

Shanti brincó a la regadera. Nuevamente se duchó con agua fría y se dio un baño de aviador. ¿Para qué volver a enjabonarme todo si nomás el aquellín y las axilas me sudaron? -reía pensando en lo acertado de ese nombre.

También nuevamente encontró su ropa bien acomodadita en la cama. Con gran emoción se puso el uniforme, recogió su cabello con una liguita, besó la foto de su abuela que siempre llevaba consigo y bajó a reunirse con el equipo.

¿Recuerdan que les dije que Mr. Thomas jamás había pedido un partido? Pues siempre hay una primera vez, no sé si fue por habérselos contado, pero después de un juego reñidísimo, las Panteras de Minessota cayeron ante las Amazonas de Carolina del Norte.

Aquello era la locura. Las Panteras habían sido las favoritas durante toda la temporada y ahora que se disputaban el pase a semifinales habían quedado eliminadas. Nadie daba crédito a lo que estaba sucediendo. Shanti veía todo como en cámara lenta, pero no le afectaba de la misma manera que a sus compañeras a pesar de que sus famosos tiros de tres le habían fallado en dos ocasiones. Lo que ella veía era la casa de la abuela, esperándola con sus olmos imponentes, con sus rosales morados, blancos y amarillos, con sus mecedoras azules en el porche de la casa, sus tías entrando y saliendo con jarras y jarras de sangría y limonada, escuchando embelesadas todas las historias que su única sobrina tenía para contarles. Y ella ahí, en medio de todos, sentada en el jardín, disfrutando de Princess y su constante ronroneo, se dejaba querer.

Y entonces supo que estaba bien perder porque lo que para unos era una derrota, para ella era un gran regalo. Y sonrió.

Laura Jurado / Junio 2021