CONECTÁNDONOS CON LA SABIDURÍA INTERNA

Los últimos seis o siete viernes he llegado a la casa motivadísima del taller que estoy tomando, e invariablemente pienso que ya tengo el tema para la gunicharrita. Por desgracia, pasan los días y no me doy el tiempo de sentarme a vaciar lo aprendido con Haydée Carrasco. 

El viernes pasado no fue la excepción (esto lo empecé a escribir el miércoles, por eso no cuento éste), pero ahora voy de gane… apenas han pasado cinco días y ya hice un espacio en mi apretada agenda (aunque usted… no lo crea) para dedicarme a lo que más me gusta: escribir. 

Bueno, pues la semana pasada que llegué al salón me sorprendió ver dos ramos de flores y una canasta con frutas. Como era 30 de octubre, pensé que haríamos un altar para muertos. No podía estar más equivocada.

Haydée nos pidió que pasáramos una por una al frente para escoger una flor y una fruta y regresar a nuestros lugares. Yo escogí una gerbera preciosa de color rosa fuerte y una manzana de un verde intenso.

Una vez sentadas, debíamos –en silencio- observar detenidamente la flor. Lo primero en lo que me fijé fueron sus pétalos, luego me di cuenta que del centro (que era de un color entre amarillo y verde y estaba formado por pequeños filamentos) salían decenas de pequeños pétalos, como acentuando la belleza del centro. 

En ese momento me vi reflejada en la gerbera y comparé sus pétalos grandes con mi cabello. ¿Cómo es posible –pensé- que muchas veces solo me preocupo por mostrar una bonita imagen por fuera, sin darme cuenta de lo hermosa que en realidad soy por dentro? 

Y me di cuenta que soy perfecta en todos los sentidos y que TODOS -sin excepción- lo somos. 

Al ir descubriendo más y más detalles de ella, me sentí invadida de un gran amor y gratitud por esa revelación y comencé a llorar ante tanta belleza y me propuse de ese momento en adelante intentar ver la belleza y la perfección de todos los seres, empezando por mí. 

Después de un rato verdaderamente hermoso, cambiamos a la fruta. Como ya dije, su color era de un verde intenso y en su parte inferior se podía apreciar una estrella perfectamente marcada. Entonces, Haydée nos pidió que nos fijáramos en la parte donde había estado unida al árbol, y nos dijo que así como algo tan insignificante como una fruta había sido formado gracias a algo muy grande que le había dado la vida, igual pasaba con nosotros.

Nos pidió entonces que le claváramos una uña, acercándola primero a nuestro oído para escuchar ese sonido y luego a la nariz para percibir su aroma. Después de eso, le dimos pequeñas mordidas, saboreando cada bocado, mientras ella narraba todo lo que esa fruta había pasado para que la pudiéramos tener en nuestras manos. Y nos dimos cuenta que había habido muchas personas involucradas… y dimos gracias a ellas. 

Luego nos indicó que saliéramos durante diez minutos y que escogiéramos algo para observar: un pájaro, un árbol, las nubes, el pasto, etc. 

A mí me llamó la atención un árbol. Me puse a contemplarlo y me fijé en los lugares donde alguna vez hubo una rama; como era un árbol grande, me imaginé que lo habrían podado muchas veces para que cobrara vigor. Y pude ver la similitud con las personas… Para crecer, para madurar,  tenemos que cortar con todo aquello que nos detiene… todo eso que no nos permite seguir adelante. Y muy contenta con mi analogía, regresé al salón. 

Ahí, Haydée nos puso a escribir lo que habíamos observado y tuvimos que dibujarlo para luego compartirlo con las compañeras de nuestra mesa. 

Me quedé gratamente sorprendida al escuchar lo que cada una de ellas había podido interiorizar.  Y es que, como Haydée nos explicó, dentro de todos los seres humanos existe una sabiduría divina, y una manera de tener acceso a ella es mediante la contemplación de la naturaleza. El problema es que no todos nos damos el tiempo para hacerlo. 

Las dos horas se pasaron volando y yo salí de ahí emocionada de ver que existieran ejercicios en los que se hiciera lo que tanto me gusta. Fue como si me dieran una palmada en la espalda y me dijeran: “Lo estás haciendo muy bien… vas por el camino correcto”. 

Con un gran suspiro y una sonrisa en mi corazón, me subí a mi camioneta y me alejé del lugar…

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